Novela Romántica Erótica

CAPÍTULO 1-5 DE “EEFMT”

Prólogo

 

«Querido diario:

Mamá está mal. Ayer, en una de sus crisis, mencionó que tengo un hermano al que nunca he conocido. He decidido internarla en un centro. Creo que ya no es seguro dejarla sola en casa. Maldito Alzheimer…». 12-03-2004

«Querido diario:

Mamá está peor. Hoy se ha vuelto a enfadar porque no le he creído cuando me ha hablado de un hermano perdido, sin embargo, en la merienda, ha recalcado con vehemencia que fui hija única…». 14-04-2005

«Querido diario:

Mamá ha muerto. Ya no me queda nada. Solo un trozo de papel con una frase, un nombre y una dirección que han encontrado en su pálida y rígida mano: «busca a tu hermano», decía, después de años de negar que jamás tuvo ningún otro hijo». 27-10-2007

«Querido diario:

¡Le he encontrado! Mi hermano vive en Byron Bay. No puedo esperar para ir a conocerle. Va a llevarse la sorpresa de su vida». 03-10-2018

Levanté la cabeza de la libreta y recordé la sonrisa de su dueña instantes antes de que la atropellaran delante de mis narices.

Fue un martes como otro cualquiera. Mentira, fue peor.

Fue uno de esos días en los que tus casi diez kilos de más te parecen quince. El día que pasas olímpicamente de hacer la cama. Ese día en el que comes con cuchara, porque hasta el esfuerzo de pinchar con el tenedor es demasiado grande. Un día en el que no te sientes especialmente orgullosa de ti misma.

Qué vergüenza.

Era yo la que merecía morir, no esa sonrisa.

Yo me había plantado unas gafas de sol en la cabeza para disimular que no me había peinado. Odiaba mi trabajo. No soportaba a mi madre, que no hay más que una, y me pasaba gran parte del día buscando el móvil para terminar descubriendo que lo tenía en la mano.

Y en aquel momento, custodiando sus pocas pertenencias manchadas de sangre y esperando a que la policía viniera a hablar conmigo en la sala de espera de la UCI, lo vi claro:

«¿Cómo te atreves a llevar esta mierda de vida, Emma?».

Capítulo 1  –  Náufrago 

Emma

«Cojo el avión y que sea lo que Dios quiera», pensé mientras avanzaba en la fila del embarque como si fuera una fugitiva.

Dicen que ninguna buena acción queda sin castigo, pero mi intención siempre fue ayudar. En aquel momento no podía seguir con mi vida como si nada; debía hacer algo. Restaurar el equilibrio del cosmos. El mío. El de ella. En vez de quedarme mirando cómo lo había jodido todo con mi torpeza. Y más, después de la conversación con aquel policía en el hospital.

—¿No la ha reconocido? —preguntó extrañado.

—Al principio, no.

—Se va a armar una buena —sentenció nervioso—. Menos mal que mi turno termina ya. Váyase a casa, la avisarán para declarar frente a los del seguro.

—Pero… ¡espere! ¿La va a dejar sola? —pregunté alucinada al ver que se iba.

—Si quiere puede quedarse con ella hasta que aparezca alguien de su familia, pero está sedada y no creo que la despierten pronto. Aunque el coche no iba a gran velocidad, al estar agachada… —hizo un silencio macabro—. Va a estar meses en el hospital, eso si sobrevive.

Tragué saliva y recordé el impacto.

Lo más horrible y destructivo que había visto nunca. Ni siquiera pude gritar de lo grotesco que me pareció el sonido de la colisión. Me quedé sin aliento. El coche en cuestión se detuvo un poco más adelante, aunque a mí solo me preocupaba que otro vehículo volviera a golpearla porque estaba tendida en medio de la calzada en una postura antinatural. Cuando detuve el tráfico, algunas personas se acercaron, pero el responsable no se apeó de su automóvil. Más tarde, me enteré de que la conductora, una joven que se encontraba en estado de shock, había sido incapaz de moverse. Seguramente, no sabría qué había atropellado. Puede que pensara que había sido un perro o un niño…, pero sin duda había notado que era algo blando y palpitante. Lo habría sentido en sus manos a través del volante comprendiendo que su vida acababa de romperse. Igual que la mía.

—Me quedaré con ella, de momento…

—Como quiera. ¿Seguro que no llevaba bolso? Me extraña que no lo hayamos encontrado, o en su defecto, algo donde llevara su cartera, el móvil y demás —soltó enfurruñado.

Me callé que la víctima llevaba su Iphone en la mano y se convirtió en un objeto volador no identificado que posiblemente terminaría en una alcantarilla.

Fue entonces cuando se fijó en la riñonera que yo sujetaba.

—Es mía —La apreté contra mí.

—No me cabe duda. Si fuera de ella, como mínimo, sería de Louis Vuitton —repuso grosero. Aún así, me la quitó de las manos a la vez que murmuraba un «me permite» que no sonaba a pregunta.

Abrió la cremallera y comenzó a depositar las cosas en una silla de la sala.

Mapas y más mapas. Es lo único que había dentro.

Y ese maldito diario. Un bloc de hojas lleno de pensamientos que no entendió o no quiso entender. Después de ojearlo superficialmente, me lo devolvió perezoso.

—De acuerdo. Tenemos sus datos. Buenos días, señorita.

—Adiós —respiré aliviada al ver que se alejaba.

Por lo general, solía tenerle respeto y confianza a las fuerzas de seguridad del estado, pero ese poli parecía el típico corrupto en una película de bajo presupuesto, en la que enfatizaban su aspecto cruel y desaliñado para dejar claro que era uno de los malos.

La riñonera no era mía, es más, juraría que se habían extinguido. Y quien osara llevar una hoy en día, debía guardar algo muy importante dentro. Cuando supe quien era la víctima, sentí que debía proteger ese cuaderno a toda costa.

Esa chica estaba sola en una cama de la UCI e iba en contra de mis principios irme a casa. No podía pensar en comer, en dormir o en ver Netflix. Solo podía pensar en la historia que relataba ese condenado diario que el incompetente policía había dejado sobre la silla junto a más papeles.

Recogí su contenido y empecé a ordenarlo. Había mapas de muchos lugares del mundo con anotaciones subrayadas y puntos tachados. Egipto, Ecuador, Malasia, Australia, México, Costa Rica, Argentina… Localizaciones que se me antojaban disparatadas hasta que descubrí el denominador común.

De repente, mi móvil comenzó a sonar haciendo que la canción del verano retumbara contra las paredes de la estancia hospitalaria.

—¿Sí?

—Emma, ¿cómo sigues? —preguntó mi jefe fingiendo ser una persona decente que piensa en algo más que en el trabajo.

—Todavía en shock. La policía acaba de marcharse.

—Estooo… ya sé que has tenido un casi accidente pero… necesito para mañana los informes del caso Landía.

—Antonio —le corté—, me han dado un parte médico para unos días… Ahora mismo no podría ni sumar dos más dos.

—Ah… vale, pero Sandra me ha dicho que deberías haberlos tenido listos para hoy.

—Lo que le dije a Sandra es que ni se le ocurriese mandarlos así. Están fatal redactados. Iba a corregirlos yo, pero…

—Pues mándamelos luego por e-mail. Que no se te olvide, por favor, eran para ayer —dijo exigente.

Me separé el teléfono de la cara y le odié profundamente. ¿No se daba cuenta de que ese no era mi trabajo? Iba a hacerlo como favor para que no se nos cayera la cara de vergüenza en el bufete. La culpa era suya por permitirse contratar a una niñata que se ha sacado la carrera a base de visitas al despacho del profesor.

—Dile a Sandra que se ponga un momento —le pedí.

—Está en el descanso. No quiero molestarla.

«Pero ¿a mí sí, sabiendo lo que me ha pasado?». Estuve a punto de colgarle directamente, pero en el último momento se me ocurrió algo mejor.

—Claro, luego te lo mando. Oye, tengo que dejarte. Adiós.

Corté la llamada asqueada e intenté aspirar profundamente, pero hacía meses que no podía hacerlo, algo en mi pecho me lo impedía. La puta ansiedad.

Mi mierda de vida empezaba por mi mierda de trabajo. Cobraba tres veces menos y metía el doble de horas que otras personas que no daban un palo al agua. A mi superior le salvaba el culo cada dos por tres, por no hablar de las escabechinas que me obligaban a resolver las arpías de las becarias, que lo único que sabían hacer era salir a fumar y hablar de zapatos y de Justin Bieber. Pero se les perdonaba todo por usar la talla 36. ¡Que nadie ose importunarlas! Así que, al día siguiente, ni corta ni perezosa, me planté en la oficina a primera hora de la mañana con un papel en la mano que amparaba mi derecho a estar —un año menos un día—, de excedencia para que me guardaran el mismo puesto que ocupaba indefinidamente desde hacía cinco años. Para chula, yo. La cara de mi jefe no tuvo precio. Contárselo a mi madre no fue tan divertido…

—¡¿Cómo que has dejado el trabajo?!

—No lo he dejado, he cogido una excedencia.

—Pero… ¡¿por qué?! Precisamente ahora, que es cuando más lo necesitas. Te recuerdo que Carlos te ha dejado.

—No te confundas. Yo le he dejado a él —mascullé.

—Te provocó para que le dejaras… que es muy distinto —aclaró con maldad—. Y ahora vas y pierdes el trabajo. ¡Perfecto! ¡Era un buen bufete, Emma!

—No lo he perdido, lo he aplazado. Y sabes que lo odio. Cada día sueño con que un francotirador me alcanza justo antes de entrar al edificio.

—¡Qué cosas dices, hija!

—Las que pienso…

—¿Y qué vas a hacer ahora sin trabajo? ¿Quedarte a vivir en mi casa para siempre?

Casi me atraganto de la risa al ver su cara de espanto. Salvé la vida de milagro. ¿Ella y yo juntas en un espacio reducido?

—No, mamá. Tengo ahorros. Voy a viajar.

—¿Tú sola?, pero… ¿a dónde?

—Ya veré, mamá. Necesito pensar.

Falso.

Tenía una ruta muy concreta, todo recto hasta Australia, pero no iba a pelearme con la única neurona que brincaba impertinente en su cerebro.

—Hija, ¿por qué no te buscas un piso antes de irte e intentas ordenar un poco tu vida? Llevas aquí dos semanas… —dijo desesperada—. Podrías apuntarte al gimnasio, conocer a alguien… y… darme un nieto… Solo es una idea.

Nunca había conocido un ser tan egoísta. Yo, yo, y luego yo.

—Ya tengo un piso buscado —mentí descaradamente, porque al día siguiente cogería la primera pocilga que encontrara. Era obvio que estaba deseando perderme de vista. Sentir ese tipo de repulsión por su parte resultaba… superagradable…, pero ya era una constante en mi vida.

—¿Cuándo te irás? —preguntó con avidez para confirmarlo.

—Mañana. Ya te llamaré —Me levanté y omití un esperanzador «hasta nunca» que me habría sabido a gloria. ¿Apuntarme al gimnasio? La madre que la…

La animadversión que le profesaba a mi «mami» debería estar en el puto libro Guinness de los récords.

El primer recuerdo que tenía de ella era su rabia cuando dejó de poder vestirme como a una niña repollo. Por lo visto, fui una monada hasta los seis años, pero luego engordé y la ropa ya no me lucía igual. A partir de aquel momento, todos mis movimientos fueron un desacierto. Pero el último recuerdo que guardaba de ella era peor, el de culparme de que mi última relación amorosa terminara como lo hizo. Con un ojo morado.

«Amor de madre». Estaba a un suspiro de tatuármelo en la frente.

Antes de abandonar la cocina miré a mi padre, que estaba ausente y callado, como siempre. Se le daba de maravilla hacerse el mueble cuando mi madre y yo discutíamos. Y esta vez no iba a ser diferente. Nunca tenía nada que decir. Jamás. Quizá fuesen los años que pasó en alta mar. Era marinero y apenas le veíamos. Cada seis meses volvía a casa y no haciendo una entrada triunfal mientras yo corría hacia sus brazos, con revolverme el pelo tenía suficiente. Y ahora que por fin se había jubilado, nada había cambiado. 

Localicé mi asiento en el avión y bajé la mesita para apoyar la riñonera. Saqué el cuaderno y acaricié la tapa con la yema de los dedos. Cuanto más lo pensaba, más surrealista me parecía la historia.

La mujer que yacía inconsciente postrada en esa cama de hospital era, nada más y nada menos, que la escritora Laura Hernández. ¡Mi favorita! Y la de medio mundo. Yo la seguía desde sus inicios, desde que solo era una brillante autora «autopublicada». Después de varias novelas de éxito, vendió millones de ejemplares con una nueva trilogía, que había sido traducida a once idiomas y conseguido un rotundo éxito de taquilla con su adaptación al cine.

En cuanto la identificaron, no tardaron ni quince minutos en aparecer los primeros medios de comunicación gracias a los golosos chivatazos de los celadores.

Su tía y su prima tuvieron que atravesar una horda de periodistas para llegar a la UCI. Ni siquiera sabían que estaba en Madrid y, por lo que acababa de leer en su diario, nadie más acudiría a responder por ella.

—Laura lleva años sin venir a vernos —me explicó su tía apenada—, solo pisa España unos pocos meses en primavera para promocionar sus libros. No sé qué hacía aquí.

—¿Y sus padres? ¿Tiene hermanos?

—No, somos sus únicos familiares…

Esa respuesta vino acompañada de una pizca de alegría que me descolocó por completo.

—Como no tenga algún novio… —añadió triste recuperando su conducta dramática—. Desde que murió mi hermana, ha sido muy independiente. Nosotras siempre la invitamos en Navidad, pero pocas veces aparece. Pobrecilla… ¡Esto es un desastre! —aseguró frotándose la cara—. Yo trabajo día y noche y mi hija estudia en Salamanca, no puedo dejarlo todo para cuidar de ella, así que habrá que usar su dinero para pagar a personal especializado… Además, a saber cómo quedará después de un accidente así. En estos casos, lo mejor casi sería que… —Se le cortó la voz.

Palabras muy duras viniendo de la única persona que podía hacer algo por ella, aparte de desearle la muerte para esquivar esa espada de Damocles que se cernía sobre sus remordimientos, y deseando cobrar una herencia que, si hacía caso al cuaderno, no le pertenecía.

En ese momento, tomé la decisión. Yo podía hacer algo por Laura. ¡Qué mínimo! Al fin y al cabo, había sido culpa mía. Por eso no tardé ni una semana en dejarlo todo y subirme al avión en el que me encontraba para buscar a su hermano.

Observé la libreta y maldije una manía muy mía, la de meter cosas en los bolsillos traseros de los vaqueros. Mi culo, dadas sus proporciones, debería aceptar que son sencillamente ornamentales. ¡Una ilusión!, porque, cada vez que los usaba, cualquier cosa intentaba salir de allí despavorida. Y la mala suerte quiso que, en aquel paso de cebra, se me escurriera un papel de uno de ellos. Laura se había quedado ensimismada ojeando su teléfono y yo crucé. Ella lo vio caer y enseguida me avisó. Fue corriendo a cogerlo y se agachó sin ver venir a un coche aparcado que acababa de emprender la marcha.

¿Hay algo peor que ser atropellada a gran velocidad?

Sí, que lo hagan lentamente.

Podía haber muerto aplastada en el acto si la rueda llega a tocarle algún órgano vital, pero esa chica no iba a rendirse estando tan cerca de su meta. Su sonrisa mostraba la satisfacción de quien consigue algo que lleva mucho tiempo persiguiendo. Un regocijo atávico imposible de disimular.

Y solo por eso, yo quería completar su misión. Encontrar a su hermano y llevarlo a la UCI para que al menos pudiera morir en paz.

Además yo tenía que cambiar de vida, porque sesgar otra mediante semejante carambola era una desfachatez que merecía coger el toro por los cuernos de una jodida vez a mis treinta y tres.

El destino de ese avión estaba claro, Byron Bay. Una bahía situada en el punto más al este del mapa de Australia, a 800 km de Sídney. También quedaba a miles de Kilómetros de casa, lo suficientemente lejos para satisfacer mis ganas de huir. Quería alejarme de ese yo que había destruido una vida, unas metas, unos sueños, y mucho más si me fiaba de lo que ponía en su diario.

Según leí, Laura no tenía familia. A su madre, la perdió por su enfermedad años antes de que muriera, y su padre les abandonó cuando aún no había aprendido a leer. ¿Sus abuelos? Muertos. ¿Familiares con un corazón de oro? Ninguno. Lo que sí mencionaba era a una tía que ignoró a su madre cuando cayó enferma y se convirtió en una molestia en su intachable vida. La misma que se volvió de lo más servicial y atenta cuando vendió los derechos del libro por un dineral. ¿Cómo no tener una sonrisa permanente cuando acabas de descubrir que puede que no estés sola en el mundo?

Yo, sin embargo, desde hacía quince días, me revolcaba en la autocompasión del mantra «mejor sola, que mal acompañada». Lo decidí cuando mi novio se fue de casa dando un portazo después de propinarme un puñetazo con un odio desconocido. No era la primera vez que me agredía, pero fue la primera vez que pensé que me lo merecía. Y esa valoración hizo que me diera cuenta de que tenía un problema mucho mayor que permitir que un maldito sádico me tratara como a su particular saco de boxeo. Eso no es que no te quieran, es que te desprecian hasta un punto que necesitan anularte como persona. Mi sola presencia le irritaba.

Empezó siendo un maltrato verbal. Luego llegaron los gestos feos y las amenazas. La eterna lucha entre su agresividad y mi perspicacia solía acabar con algo hecho añicos. El mando de la tele, un jarrón o la comida que le preparaba… Pero nunca pensé que ese «algo» terminaría siendo yo. Después me pedía perdón, mendigando escenas de cama que a mí ya no me nacían, hasta que me dejó claro que tendrían lugar por las buenas o por las malas. Después de eso, ni yo misma me soportaba… Me odié tanto que llegué a entender que a los demás les naciera maltratarme. A todos. Hasta que un puñetazo me abrió los ojos. (Aunque irónicamente me cerrara uno tres días). Solo entonces toqué fondo. Tenía que alejarme de él. De todo. Porque es imposible exigir respeto cuando no te lo tienes a ti mismo.

Y claro que entendía que el mundo y la vida eran maravillosos, no soy gilipollas, el problema era que eso me daba igual. ¡Me daba IGUAL! Y no podía ser.

Me había acostumbrado a ser infeliz y no tenía ninguna intención de buscar una solución al respecto. Era un juguete roto víctima de mis vicios inmediatos que anestesiaban mi frustración. Pequeños instantes de felicidad superficial —culinaria y literaria— que solo compartía con mi gato, valga el topicazo.

Literaria, sí, porque la lectura fue lo que me salvó de volverme loca durante el tiempo que estuve con Carlos. Devoraba cualquier libro que cayera en mis manos como un modo de evadirme de la realidad, y funcionaba. Vivía a través de ellos y de algunas series, pero a raíz del accidente de Laura me di cuenta de que tenía una vida y de que no tenía ningún derecho a desperdiciarla. La distracción ya no servía, tenía que afrontar algo muy gordo y esa libreta, de algún modo, me dio un motivo para hacerlo.

Después de releer algunas entradas del diario, me di cuenta de que Laura había centrado su investigación en un tema muy concreto: el buceo. Estaba convencida de que su hermano estaba en alguna de las miles de escuelas de buceo que hay en el mundo, y empezó a buscarle, sabiendo su nombre, por los lugares más emblemáticos.

Australia, o más concretamente, su barrera de coral era un conocido icono del submarinismo a nivel mundial, y me sorprendió ver marcadas muchas de las instalaciones acuáticas en el mapa del país.

Hubo un detalle que me llamó la atención. Todas estaban tachadas con una equis, excepto una, que estaba envuelta en un círculo. Mi nota de selectividad fue raspada, pero llegaba para sacar ese tipo de conclusiones. Por suerte, mi tarjeta de crédito podía trasladarme a sus coordenadas e intentar averiguar la verdad.

Nada más llegar a Sidney, busqué un hotel y me peleé a muerte con el jet lag. Pero, después de más de veinte horas de vuelo, dos escalas y soportar un cambio horario leonino, perdí la batalla y caí desmayada sobre la cama. En cuanto me desperté, mandé un par de mensajes confirmando que seguía de una pieza e hice una llamada.

—Hola, Guille, ¿cómo está Pepo? —pregunté preocupada.

—Te ha olvidado por completo en cuanto ha descubierto los flecos de mi alfombra persa.

—¿No está triste y maullando a todas horas? —insistí esperanzada.

—Para nada. ¿Qué tal estás tú? ¿Ya has descubierto algo?

Guille era un vecino de toda la vida. Puede decirse que me crié en su casa. Teníamos planeado ir juntos a la universidad siendo los mejores amigos, pero mi pésima nota de acceso nos obligó a separarnos. Él se quedó en Madrid y yo terminé en el País Vasco, así que le perdí la pista durante un par de años; hasta que una noche, después de una fuerte discusión con uno de mis problemáticos novios, le llamé y se plantó en San Sebastián para corregir mi patética trayectoria. Pero fue inútil, porque tenía un puto imán para los imbéciles. Fue su sofá el que me había acogido hacía dos semanas, la noche que a mi ex se le cruzó el cable y me pegó en la cara, en vez de en otro sitio, como siempre. Al resto le dije que me había comido un armario (cosa que no les extrañó, dada mi torpeza innata), pero a Carlos le amenacé con denunciarle asegurándole que el tema trascendería hasta el colegio donde trabajaba como docente. No volví a verle. Esa noche dormí en casa de Guille y por la mañana recogí mis cosas (no todas, solo las pocas que me importaban) y me fui a casa de mi madre alias el infierno.

—Por favor, cuida mucho a Pepo —supliqué a través del auricular—, y no te olvides de ir a ver a Laura todos los días al hospital. Las enfermeras se tragaron que eres su prometido. ¡Tienes que protegerla!, o, probablemente, su propia tía trate de asfixiarla con una almohada.

—No te preocupes, Emma, lo estoy haciendo. Ayer me pasé la tarde hablándole del día que lograste clavarme un boli Bic en el brazo a pesar de tener la punta redonda. Le encantó.

Sonreí melancólica. Esa era yo cuando me rodeaba de la gente adecuada.

—Gracias, te lo agradezco.

—De algo. Recuerda nuestro acuerdo.

—Por supuesto.

Guille vivía anclado en la época medieval, le encantaban los trueques. Decía que deber un favor era como si alguien sujetara tus genitales en una mano y jugara traviesamente con una navaja en la otra. Ni hablar. Él siempre aseguraba el intercambio y, esta vez, como el favor era grande, me había pedido algo que llevaba largo tiempo implorándome. No quería ni recordarlo…

Cuidar de Pepo era admisible, pero cuidar de Laura no podía pedírselo a cualquiera. Él era autónomo, podía organizarse. Y claro que tenía dos o tres amigas íntimas de mis años de la facultad, pero todas estaban —felices o condenadamente— casadas, trabajaban y tenían peques en edades terroríficas. Entiéndase aquellas en las que no se visten solos, su boca es un surtidor y, de vez en cuando, defecan lejos del inodoro sin razón aparente. Bajo tales circunstancias, mi instinto maternal estaba tumbado con los pies en alto, las manos en la nuca y esquivando posibles ofertas imperfectamente válidas.

Después de coger un tren y un autobús llegué a Byron Bay con el pelo hecho un desastre. Odiaba sudar. Me ponía de mal humor porque me obligaba a hacerme una coleta, cosa que me molestaba bastante, ya que mi melena era sagrada para mí. Podría decirse que era mi posesión más preciada y lo único que me gustaba de mi físico.

Una vez mi madre me dijo algo que se me quedó grabado, ¡algo positivo sobre mí!, como para olvidarlo. Acababa de vomitar por quinta vez debido a una gastroenteritis bizarra y me tumbé sobre la cama moribunda. Ella vino hacia mí y me acarició la cabeza susurrando «Tienes el pelo de un ángel, no te lo ensucies». Supongo que, al verme agachada hacia la taza, había llamado su atención. Tenía quince años y nunca me había dicho nada ni remotamente parecido.

En cuanto bajé del autobús una traidora brisa marina terminó de convertir «mi único encanto» en una bola de pelo como las que escupía mi gato. Fantástico.

Pude comprobar que Byron era un pueblo costero que atraía a todo tipo de amantes de los deportes acuáticos. Un emplazamiento pequeño y pintoresco. Bastante selvático, según mi acondicionador. No me esperaba encontrar un lugar tan paradisíaco en Australia.

En el ambiente flotaba una idiosincrasia hippie que extrañamente te obligaba a relajarte y a pensar «don´t worry, be happy». Pero yo no estaba allí de vacaciones, estaba intentando descubrir el paradero de alguien y decidir qué iba a hacer de ahora en adelante con el resto de mi lamentable vida. Algo que mereciera la pena y me hiciera salir del ostracismo inútil en el que estaba sumida.

El taxi que cogí en la estación de autobuses me dejó directamente en la entrada de la escuela de buceo Blue Days, la marcada en el círculo. Arrastré mi maleta hacia el interior y me quedé embobada apreciando una moderna terraza con sofás que no le haría sombra al garito de copas más puntero de Madrid.

—¿Se ha perdido? —preguntó una voz a mi espalda en inglés.

Me giré y tuve una visión de cómo sería el 2054. Un chico que no parecía de mi misma especie me observaba con el ceño fruncido. Debió pensar lo mismo que yo, porque se fijó en mis pies, en mi maleta y me sentí una versión cutre de una de las chicas de Sexo en Nueva York, cuando viaja a un lugar exótico en el que no encaja por ser tan urbanita.

—¿Puedo ayudarla? —insistió expectante.

Tenía un pendiente en la nariz y otros tres le atravesaban la oreja. Gran parte de su cuerpo estaba cubierto por tatuajes, algunos le llegaban hasta las manos. Puede que alguien nacido antes de los 80 hubiera temido por su bolso, pero una Millenial como yo podía captar una curiosa amabilidad en sus ojos solo reservada para los seres más indefensos.

—Sí, hola —contesté en mi chapucero inglés.

—¿Es española? —preguntó de pronto en castellano.

—Sí… —sonreí—, vaya ¿tan mal lo hablo?

—Bueno, su entonación no es muy buena.

Me quedé cortada. La amabilidad al carajo.

—¿Puedo ayudarla? —repitió confuso.

—Sí. Vale, eh… estoy buscando a alguien.

—¿A quién?

¡Horas enclaustrada en un avión y ni siquiera había pensado en lo que diría al llegar a mi destino!

No quería provocarle un infarto a nadie. Mencionar a un famoso tampoco era buena idea. Quería ser discreta. Y estaría muy bien encontrar al hermano de Laura sin que supiera que le estaba buscando porque, si Laura le había localizado, ¿por qué no se había puesto en contacto con él antes?

—Estoy de vacaciones —atajé—. Una chica española que estuvo aquí hace poco me recomendó este sitio. Quizá la recuerdes. Algo más joven que yo, pelo largo y moreno, ojos… marrones, cuerpo bonito, sonrisa espectacular, ¿te suena de algo?

—Pasa mucha gente por aquí con esas características.

—Ah, ¿sí? —contesté sorprendida.

¿Dónde coño estaba, en la serie Los Vigilantes de la playa?

—¿Fue clienta nuestra? 

—Sí, creo que sí. —Aunque realmente no tenía ni zorra idea—. Se llama Laura.

Él se quedó pensativo.

—Por aquí no ha pasado ninguna Laura que coincida con esa descripción.

—¿Estás seguro?

—La única Laura que hemos tenido últimamente era de Valladolid. Veintiséis años. Rubia, no morena. Índice de masa corporal superior a veintisiete, no diría que tenía un cuerpo bonito.

Me quedé patidifusa por la detallada descripción.

—Perdón —añadió arrepentido—. No te asustes. Tengo memoria fotográfica. Mi cabeza es como un ordenador japonés. Suele memorizar datos sin mi permiso.

—Pues yo que tú lo mantendría en secreto…

—Será mejor que hables con Jon, mi jefe. Se le dan mejor estas cosas. Es más… normal.

¡Qué rico! No pude evitar que me cayera bien al momento. Su preocupación por seguir incomodándome me dio buenas vibraciones, y pensé que su don podría servirme de ayuda. Quizá la hubiera visto.

—¿Cómo te llamas? —pregunté interesada.

—Me llamo Daniel —respondió dándole una graciosa entonación a la a, como si llevara una tilde ficticia.

—Es esta. ¿La has visto alguna vez? —dije mostrándole el móvil.

Levantó un ceja y noté cómo su cerebro buscaba en archivos recónditos.

—Me suena de algo… pero no de la escuela.

En ese momento, entró en el local un chico al que, podría jurarlo, conocía de otra vida. Me clavó la mirada y vino directamente hacia mí. Le dio igual estar accediendo a un lugar en el que se desarrollaba una actividad acuática concreta, él parecía estar allí solo por mí y me lo demostró diciendo:

—Hola, ¿puedo ayudarte?

¡Y yo que no creía en ángeles de la guarda!

Pelo rubio. Ojos azules. Seguramente no tendría ni sexo.

—Debo ser invisible… ¿No ve que ya la estoy ayudando yo? —gruñó Jack Daniels molesto. Pensaba apodar así al de los tatuajes porque, al verle, su imagen te azotaba como un chupito de whisky. Por no hablar de cuando abría la boca…

No atendí al resto de la conversación entre ellos. No pude. Porque una presencia oscura entró en mi campo de visión y mi sentido gatuno lo advirtió erizando todo el vello de mi cuerpo.

Parecía humano, pero era un tío diametralmente opuesto al querubín que tenía al lado. Pelo oscuro. Bronceado. Gafas de sol opacas marcando una irresistible tendencia vampírica… y una barba incipiente que prometía raspar en lugares que una dama finge no tener. Te daban ganas de ponerle un Martini… Agitado, no revuelto.

«¡¿En qué extraña dimensión acabo de meterme?!», pensé desconcertada observándoles a los tres. No sé qué estrellas se habrían alineado para reunir frente a mí a un ángel, un vampiro y un moderno, pero aquello parecía el purgatorio de una hooligan anti-gallardos como yo. Debía andarme con ojo, quería a cualquier hombre a cien metros de mí, pero sobre todo, a la especie del vampiro en particular. Porque eso no era un simple chico guapo, como esos que ves muy de vez en cuando y te da la risa pensando que es una alucinación o que, en compensación, la tiene como un cacahuete. No, señor. El vampiro era un tío con estilo, nivel olímpico, y esos eran harto peligrosos.

Capítulo 2  –  Aquaman 

Jon

Aquella mañana de domingo no estaba de humor.

Tenía que abrir la escuela de buceo todos los días porque la competencia en la localidad era muy fuerte, pero había mamado desde muy pequeño que el séptimo día era para descansar. Una norma sagrada para los que el sábado por la noche tendíamos a desbarrar.

Aparecer por el local después de la discusión que había tenido con mi última amante, no fue la mejor idea. Estaba escaso de sonrisas y aún me dolía la cabeza.

—Jon —ladró Dani al verme.

El tono grave de su voz retumbó en mi resaca haciéndome cerrar los ojos con fuerza.

—Hola…

Estaba con una chica a la que escaneé por deformación profesional en un nanosegundo. ¿Veredicto? No interesa.

¡¿Cómo iba a hacerlo?!

Últimamente estaba empachado de mujeres. No quería saber nada de ninguna más. Acababa de hacer el juramento hacía cinco minutos, y ni su bonito pelo ni su cara más que aceptable me harían cambiar de idea. ¡Se acabó! Solo era una chica extenuada, con una maleta horrible a cuestas y pinta de no saber ni dónde tenía el culo. Como todos los recién llegados.

Me alejé de ellos y puse rumbo a mi mesa cuando Dani volvió a llamarme.

—Jon, ¿puedes venir?

«No. No puedo».

Gruñí y me acerqué a ellos con una frase en la punta de la lengua: «encárgate tú», porque mi nuevo plan era huir de cualquier chica que entrara en la escuela. ¡Malditas turistas! ¡Ni siquiera eran fieles a su propio nombre!

¿No podían estar tres o cuatro días y seguir su camino? No. La gente ya no estaba de vacaciones. Eran ermitaños que se trasladaban de un continente a otro huyendo de la persona en la que se habían convertido, y Byron Bay ya era parada obligatoria de cualquier roadtrip, año sabático o viaje vital por Australia. Tenía fama de ser el sitio ideal en el que aterrizar cuando estás perdido, y parecía que, en cuanto les metía la lengua en la boca, encontraban su lugar en el mundo.

¿A cuántas chicas había despachado ya al comunicarme dichosas que habían decidido quedarse en el pueblo por un tiempo indefinido mientras volvían a meterme mano? ¡No me daban los dedos! Y encima, me hacían sentir como un cabrón.

¿Era el diablo por querer rozarme con alguien de vez en cuando sin compromiso? Al parecer, sí. O todo estaba envuelto en un sentimiento afectivo metafísico o no estaba bien visto. ¡No lo entendía! Quizá olieran mi poca predisposición a intimar y les pareciese un reto enamorarme hasta las trancas, pero no lo conseguirían.

Joder, ¡era un ser vivo! Tenía instintos y necesidades, tanto físicas como emocionales… Aunque, de estas últimas, procuraba tener las menos posibles.

Amaba mi libertad. Me gustaba ser un nómada, y no por ningún trauma o complejo misógino, simplemente, no quería que nadie me impidiese vivir mi vida sin limitaciones. Y lo más importante, sin discusiones. 

Me bastaban mis amigos de la infancia, gente a la que siempre podría acudir si lo necesitaba, gente a la que podía llamar y me responderían en cualquier momento, viviendo a quince metros o a quince mil kilómetros. De familia, solo me quedaba mi madre y estaba en buenas manos con mis tías gemelas. Idénticas a las hermanas solteronas de March Simpson, siempre con un cigarro en la boca y completando la una las frases de la otra, pero, por fortuna, las tres formaban un pack que nunca nadie había podido separar. Los demás vivíamos a su sombra. Mi padre y mi hermana estaban muy unidos, y tuvieron la «suerte» de abandonar este mundo juntos en un accidente de tráfico. Después de eso, yo ya no parecía encajar en la vida de mi madre. Esa desgracia, en vez de unirnos, nos separó. Y no le guardaba rencor. Cada uno lleva el dolor a su manera. Pero fue como si ninguno quisiera volver a tener esa clase de vínculo con nadie.

De vez en cuando, me ponía en contacto con «El Trío La la la» por Skype y me aseguraba de que mi vieja estuviera feliz y bien acompañada. El resto del mundo, no era asunto mío.

Era libre, y así pensaba seguir por mucho que cupido insistiera en llamar a mi puerta. Lo que no sabía es que el mamón terminaría echándola abajo.

—Esta es Emma —comenzó Dani—. Pregunta por una chica que estuvo aquí el mes pasado —expuso como si eso tuviera algún jodido interés para mí.

Desvié la vista hacia ella y al momento noté que ocultaba algo por cómo contuvo la respiración. Solo le faltaba anunciarlo con luces de neón.

—¿Para qué quieres encontrarla? —pregunté receloso.

—¿Importa eso? —replicó achicando los ojos.

Vale. Típica borde con mala hostia. No tenía tiempo para eso.

—En absoluto —respondí desganado—, pero no podemos dar información sobre clientes así como así. ¿Has oído hablar de la ley de protección de datos? —dije retrocediendo por donde había venido.

—¡Está en coma! —exclamó de repente.

Detuve mis pasos y me giré sorprendido.

La expresión de su cara consiguió conmoverme un poco cuando intentó refrenar un puchero y sus ojos adquirieron un extraño brillo que suplicaba ayuda.

—¿Cómo que en coma?

—Vi cómo la atropellaban —comenzó brusca—. Llevaba un diario en el que contaba que en Byron Bay había encontrado algo muy importante para ella y he venido a averiguar qué es. Hay varios puntos marcados en un mapa y esta escuela era uno de ellos.

Su desmoralizado tono de voz llamó mi atención. Parecía dar por hecho que allí nadie fuera a ayudarla. Me fijé en su estridente maleta fucsia, en su calzado inapropiado para el clima y en el sudor que perlaba su frente, pero fue su mirada la que provocó un escozor en mis entrañas advirtiéndome de que quizá la había juzgado mal. Quizá no tuviera mala leche, quizá solo tuviera las mismas pocas ganas de estar allí que yo.

—¿Por qué no nos has mandado un e-mail? No tenías que venir hasta aquí para preguntarlo…

—Porque no podía estar en España ni un segundo más.

Me mantuvo la mirada implorando comprensión y un sentimiento muy familiar me espoleó sin piedad. La culpa. Era palpable en sus palabras. Y yo sabía, mejor que nadie, que cargar (aunque fuera de un modo indirecto) con la muerte de otra persona era horrible.

Parpadeé varias veces deshaciéndome de malos recuerdos y miré a mi alrededor intentando ganar tiempo.

—¿Quién es ese tío? —demandé al ver a un chico sentado en una de las mesas.

—Un cliente que quiere bucear… —respondió Dani de mala gana.

—Encárgate de él, por favor. Yo me ocupo de esto.

Mi ayudante torció el morro. Sabía cuánto le gustaban los acertijos, pero no rechistó y se fue.

La chica pareció desconcertada por el cambio de papeles. La vi tragar saliva y apretar inconscientemente su bolso contra ella al quedarnos solos, y eso, extrañamente, me gustó.

—¿Y dices que estuvo aquí? ¿Cómo se llamaba? —cambié mi tono a uno más amable.

—Solo sé que se llama Laura —mintió. Claramente. Leí perfectamente en su cara el mensaje subliminal de «no pienso decirte nada más» y eso avivó mi interés.

—Puedo buscarla en el ordenador —ofrecí.

No es que fuera la persona más complaciente de la Tierra, pero algo había conseguido despertar mi curiosidad ante su velada reticencia a darme más datos.

—Solo necesito saber si la conocéis o si os contó qué buscaba… quizá no usara su verdadero nombre.

—Vale, tenemos una foto de todo el que hace un curso en la escuela, podemos comprobar si la ves entre las chicas que estuvieron aquí el mes pasado… —sugerí haciendo ademán de ir hacia mi mesa, pero mi cuerpo me recordó que tenía una resaca horrorosa—. Espera un momento, quédate aquí, ahora vengo.

Fui en busca de un ibuprofeno al botiquín para frenar la presión de mi cabeza y cuando volví la chica no estaba donde debía. Estaba hablando con el chaval que había entrado a preguntar sobre buceo en una patética maniobra de flirteo.

Ahora me río, porque en ese momento, incluso me dio un poco de pena.

Ese chico era demasiado atractivo. Y tenía un cuerpo excesivamente trabajado que le haría huir de cualquiera que no siguiera esa filosofía. 

Sin embargo, ese cliente parecía mirarla con algo parecido al… aprecio. Se mostraba servicial, risueño y simpático. Y ella sonreía…

Sentí una extraña quemazón en el estómago que no tenía nada que ver con mi deshidratación etílica. ¿Acaso me molestaba? Miré alrededor asegurándome de que no estaba en un universo paralelo.

Percibí un acuerdo entre ellos. La chica avanzó en mi dirección mientras él iba, aparentemente, en busca de Daniel.

—¿Empezamos? —solicitó directa señalando mi ordenador. 

Su mirada había cambiado, una nueva fortaleza la rodeaba, era como si ya no me necesitase tanto y eso me irritó, pero aún así fuimos hasta mi mesa y giré un poco la pantalla hacia ella.

Filtré las candidatas del último mes que se ajustaban al perfil de la chica misteriosa. Ella las observó con detenimiento una a una y la decepción inundó su rostro nada más ver a la última.

—No es ninguna —musitó compungida.

—Espera, voy a filtrar también las del mes anterior —acerté a decir, y me reconfortó que sus ojos ganaran una mínima esperanza.

En el mes de septiembre aparecieron el doble de opciones y su postura corporal pareció mejorar, acercándose más al ordenador.

Mientras escrutaba foto por foto, yo la observaba a ella. Me parecía tan transparente… que era incapaz de apartar la vista. Me dejaba leer con facilidad todas las emociones que reflejaba su cara, sin esconderlas, sin presumir, sin hacerme caso. Y de alguna manera, desarrollé cierta admiración hacia su naturalidad y pasotismo. Se ganó mi atención y, en consecuencia, no me pilló por sorpresa que su cara de desconsuelo al no obtener resultados positivos, me dejara mal cuerpo.

—Gracias de todos modos —Se levantó decepcionada.

—¡Espera un momento…! —salté impetuoso poniéndome de pie—. ¿Tienes algún dato más para encontrarla?

—No… Pero gracias. Adiós.

«¡No te vayas!», pensé desconcertado.

Sentí que huía de mí y deseé ir tras ella arrasando con todos los muebles hasta detenerla. ¿Qué me estaba pasando?

Era como si alguna ley de la naturaleza hubiera sido violada por ahuyentarla, porque esa chica tenía algo…

¿Algo que me atraía?

Naaaa. Solo era víctima del cansancio. De querer tapar la mirada de odio de mi última conquista con otra de «te comería entero si pudiera», todo ello mezclado con lo aburrida que me parecía mi vida últimamente. Un poco de misterio gusta a todo el mundo, ¿no es cierto? Hasta al rarito de Dani.

Se fue y me dirigí al baño de nuevo. Necesitaba espabilar. Tenía un par de inmersiones que guiar ese día, así que me mojé la cara y no volví a pensar más en ella ni en su precioso pelo.

Capítulo 3  –  Waterworld 

Emma

«¿Cómo te has dejado convencer, Emma!?», maldije al intentar meterme en un neopreno más inflexible que mi madre.

—¿Te queda mucho? —preguntó una voz impaciente al otro lado del probador.

No me entraba ni de coña, así que asomé la cabeza de mala leche al exterior.

—Necesito otra talla, no me cabe ni un brazo —gruñí.

Mi compañero de buceo sonrió compasivo, pero levantó las manos indefenso al ver que mi cara hervía de furia.

—No te preocupes, ahora les pido otro.

En ese momento, entró en la sala Superman. Así lo había bautizado finalmente porque, desde que le vi, Jon me pareció un tío de otro planeta. Ya he hablado de su pelo: insultante. Pero no he dicho nada de sus ojos: injustos, muy injustos a pesar de su banal color. ¿Su boca? Mejor no mirarla fijamente o corrías el riesgo de que se te dislocara la mandíbula. Sin embargo, su descarado repaso inicial y el juicio velado en sus ojos… Sin comentarios.

Odiaba a esa clase de tíos que se creían tan superiores que con una sola mirada te clasificaban como no apta para entrar en su espacio vital.

No es que yo buscara nada, pero no soportaba que la gente manifestara tan descaradamente que no le interesaba. No sé quién se creería que era, pero estaba la mitad de bueno que una fondue de queso y parecía ser el doble de perjudicial.

«Que se lo queden las guapas y les reviente en la cara su gilipollez», conjuré.

—¿Aún no estáis listos? —protestó al vernos, porque el tiempo en su piel debía ser oro blanco.

—Necesito otra talla —repliqué con toda la dignidad que pude.

Él me miró. Una neurona rebotó con la otra y lo entendió.

—Esa es la talla más grande para mujeres… —soltó sin molestarse en ocultar que le horrorizaba esa situación.

—Pues paso del neopreno —sentencié con chulería—. Total, el agua está caliente, ¿no?

Fingí indiferencia mientras me mordía el carrillo de la humillación.

—Bueno… es finales de octubre… En esta época del año suele estar a unos veintitrés grados, es mejor que te lo pongas. Te traigo uno pequeño de hombre —me propuso huyendo de allí.

—¡Mejor trae uno mediano! —farfullé—, estos trajes te absorben como una sanguijuela gigante…

Vi que mi compañero se mordía los labios aplacando una sonrisa. Hacía menos de veinticuatro horas que conocía a mi ángel de la guarda, Iker, y ya me sentía en deuda con él.

Fue curioso. Entró en mi vida como si ya formara parte de ella, interrumpiendo mi conversación con Jack Daniels en la escuela de buceo y convirtiéndose al momento en mi protector. Al ver que era una recién llegada, me informó sobre el albergue donde se hospedaba y se ofreció a guiarme después de obtener la información sobre los cursos de buceo en los que estaba interesado. No sé ni cómo me convenció, pero a la hora de la cena, mi nombre ya figuraba en la lista de los que al día siguiente visitarían el fondo marino.

Lo cierto es que me resultaba muy familiar, pero en un principio no le reconocí.

Era el jodido Iker Uribe. Una estrella del fútbol, que bien podría abandonar el terreno de juego y meterse en juicios legales reivindicando que era el hermano pequeño de Brad Pitt en El club de la lucha. Abreviando, entre él y Superman, me sentía como un puto Gori. Uno de esos humanoides gigantes que viven a las afueras de Fraggle Rock, en la montaña de basura.

Ya podía oír a mis amigas: «No exageres, mujer, los chicos de anuncio son como unicornios. Si ves uno, es de milagro». 

¡Los cojones! En Byron Bay estaban por todas partes. Deambulando a mi alrededor. Atosigándome con su evidente o subliminal belleza. Qué asco de vida, de verdad.

Pero no todo era drama. Mi primera tarde en Byron fue mágica. Era un pueblo que se vanagloriaba de no tener McDonald’s. A cambio, era un edén para los amantes de la comida ecológica, tentadora allá donde mirases.

Los fundamentos hippies que se respiraban te invitaban a dejar el móvil apagado en casa y volver a sentirte humano otra vez. Allí todo fluía, por eso mucha gente llegaba a aquel rincón en busca de un cambio de vida. Porque lo que llamaban «el centro» era una calle principal plagada de tiendas preciosas llenas de objetos artesanales, lecturas de aura y demás esoterismos que daban sentido al inspirador cartel anclado en la entrada:

«Cheer up, Slow down & Chill out».

«Anímate, desacelera y relájate».

Resultaba fácil ser feliz en Byron Bay. En media hora ya me había conquistado por completo, pero me atravesó el corazón cuando, al doblar la esquina, encontré una librería antigua convertida en una oda a Dickens. Cuando me interné en ella, me trasladé a la época victoriana. ¡Mis ojos hacían chiribitas! Hasta que le vi.

Estaba allí plantando, en medio de mi boutique de ensueño, rompiendo el encantamiento.

—Muchas gracias, Jon —le decía afable el propietario mientras le daba una bolsa que parecía cosida por una abuela.

¿Qué le habría llevado hasta allí? ¿Sabía leer?

—Hola, chicos —saludó cortés—. Esto es un pañuelo, ya os daréis cuenta.

O sea, un asco, cuando sabes que nunca serás su moco preferido.

—Pues nos vas a tener que aguantar mucho —le vaciló Iker—, mañana empezamos el bautizo.

No cabía rechistar en aquel espacio perfecto.

Jon fingió alegrarse y se fue con un extraño gesto de preocupación en la cara, pero el disgusto me duró poco. Lo que tardó en noquearme la siguiente tienda. Una llena de pociones, hechizos y velas celestiales hechas a mano salida de la mismísima Salem. Ruega por nosotros, pecadores, compradores compulsivos de cachivaches vintage para hacer fotos alucinantes en nuestra cuenta de Instagram, amén.

Y allí estaba yo, saliendo del centro de buceo con el maldito neopreno atado a la cintura. Anduvimos doscientos metros hasta un muelle, cada uno con una bolsa numerada que ocultaba el equipo, donde esperaba un barco moderno de dos plantas que parecía confortable.

—Dejad las bolsas en el suelo e id subiendo —ordenó Superman al grupo que se había formado en el pantalán.

A pesar de sus supuestos poderes, el superhéroe contaba con varios ayudantes. Todos llevaban una camiseta azul cielo con el emblema de la escuela y asistían a los clientes para que subieran al barco sin peligro.

Dani me tendió una mano educadamente, pero me entró la risa cuando su cara cambió al descubrir que Iker venía detrás de mí. Quizá fuese cierto que le odiaba, como me había insinuado mi compañero el día anterior. Habían tenido una conversación de lo más interesante mientras yo revisaba las fotos en el ordenador de Jon. Sin embargo, Iker tenía muy claro que debía agarrarse a alguien para cruzar y no romperse su portentosa pierna de lateral izquierdo. Esperó a que le tendiera la mano y Daniel se la ofreció a regañadientes. 

Disimulé una sonrisa cuando usó su hombro de punto de apoyo y los ojos de Daniel se agrandaron al no esperarse todo el peso de su potencial deportivo cayendo sobre él.

—Gracias —gruñó Iker. Daniel ignoró su gratitud.

Nos dirigimos a la zona trasera del barco y esperamos a que el personal de la escuela apareciera.

—Buenos días a todos —saludó el adonis con aire serio y competente. Obvié en el ambiente varios suspiros femeninos—. Bienvenidos a Blue Days. Antes de partir, Steve os enseñará las diferentes zonas del barco, para que podáis moveros libremente por él sin molestar al Capitán en las maniobras. Después, montaremos los equipos y zarparemos para llegar al punto de buceo Julian Rocks, una maravilla de la naturaleza. Nos reuniremos por grupos según el grado de inmersión. Este es Moby Dick —dijo señalando a Dani—, le llamamos así porque le obsesionan las ballenas, podéis hacerle todo tipo de preguntas respecto a ellas, hoy se ocupará de los «bautizos», yo bajaré con los «Open water» y Steve y Kate acompañarán a los «Advance»

Me alegré al momento de que confirmase que él no iba a ser mi instructor. ¿Por qué? Muy sencillo. La gente que iba de guay, me ponía enferma. Y él no solo iba, sino que lo era.

No le pegaba enseñar a una orca a bucear, él se encargaría de un par de sirenas suecas que, al final del día, harían un «open» en todos los sentidos, estaba segura. Pero al pobre Iker no le hizo tanta gracia la persona que nos había tocado a los principiantes.

—Mierda —se lamentó—. Primera vez que buceo y nos toca la ballena asesina de profesor, ¡qué mala suerte!

Me eché a reír. Y fue una sensación tan nueva que noté algo diferente en mi cara. Parecía que mis músculos casi habían olvidado cómo hacerlo.

—No te rías, joder. ¿Por qué le caeré mal?

—No le caes mal —me mofé.

—Está muy loco. Y me ha amenazado. Se comporta como si fuésemos animales y le hubiese quitado su comida —murmuró torturado mirándole de reojo.

Intenté contener la diversión y quitarle hierro al asunto cuando vi auténtica aprensión en sus ojos.

—¡Son todo imaginaciones tuyas, Iker! Prueba de que estás demasiado acostumbrado a que te tengan en palmitas, niño bonito.

Iker

Quizá sí fuese un «niño bonito», porque, desde que pisó  suelo australiano, todo le había salido a pedir de boca.

Un buen amigo, en pleno ataque de ansiedad, le dijo mirándole a los ojos que el mejor lugar del mundo para escapar era Byron Bay. «No es un pueblo, es una forma de ser», citó después de añadir que le había sido imposible no pensar en él al visitarla.

Iker buscó información y vio que era el emplazamiento perfecto para deshacerse del estrés. Acto seguido, hizo una llamada para aparcarlo todo por un tiempo indefinido y viajó hasta allí. Aquel lugar era el pueblo más cool y bohemio del mundo. Un paraíso para surfistas. Y eso era exactamente lo que necesitaba, deslizarse por un mar en el que nadie le reconociese.

Australia quedaba muy lejos de casa, y, fuera de Europa, era bastante fácil pasar desapercibido.

No había volado con su inseparable tabla, así que lo primero que hizo tras dejar las maletas en el alojamiento, fue ir directo a una tienda de surf para comprar material.

Por primera vez en mucho tiempo sintió la emoción del crío de veinticinco años que era al ser huésped de un albergue con acceso a una cocina colectiva, una zona de salón común con televisión y unos baños compartidos a los pies de la playa principal. Su mánager le habría recomendado un hotel de cinco estrellas en el que, seguramente, la media de edad sería de cincuenta años o más, haciendo juego con las frustrantes directrices de su vida.

Un deportista de élite no tiene infancia. Vive enjaulado en el entrenamiento, los horarios y la dieta. Incluso le aconsejan reservar las sonrisas para los actos públicos, no vaya a ser que se canse de llevar esa mueca en la boca durante varias horas mientras no deja de recibir apretones de manos y palmadas en la espalda. Cuando sonreír se convierte en una obligación, dejas de verle la gracia.

Aquel inhóspito lugar ya iba a ser un cambio muy drástico para él, así que decidió coger una habitación individual, en vez de una litera en los multitudinarios cuartos compartidos de seis, nueve o doce personas. Tenía que ir poco a poco.

Se tomó un café con hielo tumbado en un puf de los muchos que se amontonaban alrededor de una pequeña piscina exterior y se sintió de todo menos solo. Varios grupos de surfistas que compartían anécdotas de las olas de la mañana entraban y salían de sus habitaciones en el segundo piso del edificio que bordeaba todo el jardín. Se sentía bien. Se sentía mejor que bien. Byron Bay le provocaba una fuerte sensación de libertad, relajación y despreocupación y, sin saber muy bien cómo, se sintió parte de algo.

Aquel lugar era todo lo que le habían prometido y más. Hasta su luz era diferente. Todo lucía con una intensidad distinta. Sus calles estaban llenas de bicicletas, gafas de sol, pelos largos y gente descalza. Parecía una puta broma. Como cuando te toca la lotería y te cuesta creerlo. Era el paraíso.

Cada rincón olía a surf. Sabía que para los australianos era casi una religión, por eso no le dolió gastar hasta el último dólar en aquella tienda específica en la materia, a su parecer, de precios desorbitados. Después de dejar la tabla en el albergue, buscó un supermercado e hizo una pequeña compra para la cena de esa noche. No tenía problemas con el inglés puesto que, desde hacía varios años, vivía en Liverpool.

Tuvo gracia que, cuando se disponía a realizar su primera fechoría en la cocina (cenar hidratos de carbono), empezó a socializar con la gente. Le acogieron de forma natural y fue chocante darse cuenta de lo que significaba realmente ser una persona libre en todos los sentidos.

—¿A qué te dedicas? ¿Te gusta el surf?

No hizo falta más.

A partir de aquel instante, la conversación se hilvanó de manera espontánea y un par de chicos mostraron mucho interés por su pequeña obsesión: la fotografía acuática. Les enseñó un par de sus mejores fotos en la pared de una ola y se quedaron fascinados. A los tres días, todo el mundo quería una y su popularidad subió como la espuma. Capturar instantes se le daba bien y, en su día, hubiera matado por ir a la universidad para aprender mucho más sobre el tema, pero aún recordaba a su padre insistiendo para que cambiara de idea.

—¿Para qué vas a ir? —replicó ante sus súplicas cuando aún no había cumplido los dieciocho.

—Quiero estudiar algo. El fútbol no lo es todo y, aunque acabe triunfando, a los treinta y siete no tendré oficio ni beneficio.

—Iker… ya habrá tiempo de estudiar después. Tú mismo lo has dicho, tendrás todo el tiempo del mundo ¡y la vida solucionada! Tienes un don, hijo. No lo desperdicies para ser uno más.

Fichado antes de los doce, con representante desde los dieciséis, no había tenido espacio ni tiempo para nada más que no fuera entrenar, mejorar e impresionar. En la liga sub21 varios equipos de segunda le ofrecieron contratos y estuvo un par de años moviéndose de un club a otro. Mejorando las condiciones, hasta que, por fin, llegó una buena oferta de un equipo de primera división, pero, para su sorpresa, su mánager la rechazó. No encontraba palabras para describir lo mal que se sintió al entender que él no tenía la última palabra en las decisiones de su vida. Otros se habrían rebelado, él no.

«Hay que confiar en la estrategia de Markus», aconsejó su padre, «es un visionario». Lo bueno fue que, para aplacar la desilusión, le dejaron cursar el Grado Superior en Iluminación, Captación y Tratamiento de la Imagen. Compaginó los entrenamientos durante dos años con los estudios de FP que, algún día, le permitirían ser fotógrafo, cámara de cine o iluminador. Menos daba una piedra, aunque realmente, él lo hacía por hobby.

El proyecto de Markus consistía en llevarle a la cantera del Liverpool o del Arsenal y destacar rápidamente en los equipos ingleses. «Esos clubs son superiores en sentido técnico, incluso pagan mejor, pero les falta el talento», aclaró su manager. «Es más fácil que un equipo español gordo se fije en ti haciéndote famoso en el extranjero. Les jode horrores que un don nacional no se quede en casa», sonreía al decirlo. Y así fue como terminó en Liverpool. El estadio de Anfield se convirtió en su hogar. Y le gustaba. Se respiraba fútbol por todas partes, tenía un ambiente único. En cuatro años no dejó de jugar y aprendió inglés perfectamente, lo malo fue… la fama. Ya no podía dar un paso sin que alguien le parase por la calle. Salir solo era impensable, hacer cosas normales, imposible. Y, un día, antes de volver a renovar el contrato por otros cuatro años, Lucas, un buen amigo que intentó impedir que se ahogara en el fondo de un vaso o entre las piernas de otra profesional, le susurró: «No lo hagas, no te vendas». Y no firmó.

Quiso irse para desoír los gritos de su círculo más íntimo y no se le ocurrió un lugar mejor donde perderse que Byron Bay.

—Para ser un simple fotógrafo se te dan muy bien los deportes —comentó alguien en la cena, después de darle una paliza en un partido de fútbol playa.

—Me encantan —sonrió Iker—, sobre todo en la arena. Siempre he vivido cerca del mar. En San Sebastián, mi hogar, también hay mucha afición al surf en la playa de La Zurriola.

—¿Alguna vez has buceado? —saltó otro.

—No, no he tenido el placer.

—¡Pues tienes que hacerlo! Te encantará y estás en el sitio perfecto.

—Puede que lo pruebe —contestó alegremente fantaseando con cuántas cláusulas de su contrato violaría esa actividad.

Al día siguiente, entró en la Escuela de buceo que le recomendaron y conoció a Emma.

Llevaba algunos días notando que un par de chicas le ponían ojitos golosos en el grupo del albergue, pero no quería meterse en problemas en aquel idílico lugar, al menos, hasta que no fuera peor el remedio que la enfermedad. Sin embargo, cuando la vio a ella, una fuerza le atrajo a nivel celular. No era la típica atracción sexual, sino un canto de sirena de una recién llegada apurada, con la maleta a cuestas y la desesperación en la cara. Aunque pareciera imposible, estaba incluso más perdida que él y, al oír que era española, su deseo de ayudarla se impuso a la vergüenza de entrarle tan directamente.

—Hola, ¿puedo ayudarte?

Ella lo miró perpleja.

—Debo ser invisible —murmuró el tío que estaba a su lado frunciendo el ceño—, ¿no ve que ya la estoy ayudando yo?

En buena hora. El principio del fin.

—¿Necesita algo? —insistió enfadado.

Iker giró la cabeza hacia el temido Moby Dick y respondió tranquilamente.

—Quiero bucear.

—Pues siéntese en esa mesa y espere su turno, ¿vale?

Iker calibró si merecía la pena enzarzarse con él, pero varias personas le habían recomendado ese sitio y no quería tener que buscar otro peor. Él solo había querido ser amable.

—De acuerdo —cedió mirándole fijamente, pero le habló a Emma antes de alejarse—. Si necesitas ayuda, cualquier cosa, no dudes en pedírmela. Me llamo Iker.

Cuando se sentó a esperar con parsimonia en una de las sillas, observó que el encargado del centro de buceo había aparecido y se acercaba a ellos con cara de venir de una extracción de muelas.

Tras un pequeño intercambio de palabras, fue Moby Dick el que terminó reuniéndose con él.

—Buenos días —dijo frustrado sentándose enfrente—, ¿en qué puedo ayudarle?

Iker alucinó.

«¿Me vuelve a preguntar lo mismo? El tío está pirado…».

—Quiero bucear… —repitió confuso.

—¿Qué experiencia tiene? —tanteó Daniel echándose hacia atrás y entrelazando los dedos en el pecho.

Por momentos, iba adquiriendo más pinta de psicópata.

—Ninguna… —admitió el futbolista.

—Entonces, es un bautizo —reaccionó enderezándose—. Se trata de una clase teórica y una inmersión de siete a diez metros para un primer contacto con el equipo en el mar. Estaremos unos cuarenta minutos bajo el agua. ¿Cuándo quiere empezar? —preguntó abriendo una agenda sin mirarle a los ojos.

—No lo sé… —reculó Iker—. ¿Cuándo podría?

—Hoy mismo, mañana, cuando quiera —expuso fijando sus ojos sin vida en él como si fuera una jodida máquina a pilas.

—¿Contigo? —preguntó Iker sin poder evitarlo.

Le pareció ver en su cara una ligera sombra de diversión.

—¿Eso le supone un problema?

—No, qué va… solo me preguntaba si sería posible confiar mi vida a otra persona…

Le mantuvo la mirada y vio una sonrisa luchando por abrirse camino en sus labios.

—¿Es que tiene miedo? —preguntó Daniel turbador.

—Lo que me da miedo es que no me tutees con la edad que tenemos… —masculló sin pensar.

El muy tarado no parecía superar los treinta, ¡y él aparentaba veinte!

—No te va a pasar nada, querido Iker —comenzó con una inquietante amabilidad—. Aquí cuidamos muy bien de nuestros clientes.

Ya estaba cagado. Porque esa frase dicha con esa mueca perversa no era nada tranquilizadora. No parpadeaba, recordaba su nombre, y era raro de cojones, pero a la vez…

—¿Vas a atreverte o no? —inquirió impaciente.

Dios… ¡Era peor que Hannibal Lecter!

Después de aguantar sus impertinencias, te ridiculizaba llevándote a una situación límite.

Iker se mordió los labios y pensó rápido.

«¿No querías riesgo? ¿Perder el control? ¿Lanzarte a la aventura?», barruntó su cabeza.

—Vale. Me apunto.

En cuanto pronunció las palabras, Daniel se activó.

—Muy bien. Rellena estos formularios, son por si la palmas, y luego reúnete conmigo en la parte de atrás para elegir el material —ordenó levantándose de la mesa.

¡Iba a morir fijo!

Hasta escribir su nombre le costó, le sudaban las manos.

—Hola —escuchó una dulce voz detrás de él. Era Emma.

—Eh, ¿qué tal? ¿También vas a bucear? —preguntó fingiendo calma.

—No. Quería preguntarte… bueno, si tienes alguna recomendación que hacerme… Llevo aquí cinco minutos y estoy más perdida que una monja en un puticlub —resopló.

Tras soltar una risita, procedió a darle información.

—Me hospedo en un albergue a pie de playa —explicó entusiasmado—, nunca lo había hecho, ¡pero está siendo una experiencia fantástica! Si has venido sola, te lo recomiendo. Formamos todos una gran familia, aunque también te dejan a tu aire. Yo he cogido una habitación para mí solo. No sé si quedará alguna porque casi todas son compartidas. Y el baño, por supuesto, también lo es —sonrió torturado—, pero estoy feliz. ¡De verdad, es una gran aventura!

—¿Dónde está ese magnífico lugar? —preguntó interesada.

—Al final de la calle. Se llama Sweet Home Beach.

—¡Gracias!, iré a preguntar. Yo soy Emma, y si necesitas algo…

—Necesito algo, Emma —le cortó con aprensión.

Ella sonrió en respuesta.

—¿Qué quieres? 

—¿Puedes hacer conmigo el bautizo de buceo? Creo que ese tío planea matarme por interrumpir antes vuestra conversación…

Después de reírse con ganas, respondió:

—¿Jack Daniels? ¡Si es inofensivo!

—Por favor… ¿no te apetecería? ¡Estamos en Australia! ¡En el gran arrecife de coral! Te lo suplico. ¡Me ha hecho firmar un documento por si muero! —insistió con un deje histérico.

—Bucear aquí vale un pastón —replicó ella insegura—, y ya me acabo de dejar un dineral en el vuelo.

—¡¿Y si te lo pago yo?! —ofreció Iker sin titubear.

Y por cómo abrió los ojos, se dio cuenta de que estaba empezando a asustarla.

—Piénsatelo, por favor, podemos empezar mañana —sugirió más calmado—. Es solo un poco de teoría y una inmersión corta a poca profundidad. ¿No te apetece?

—Bueno…

—¡Genial! Le diré a tu amiguito que lo dejamos para mañana, así te acompaño hasta el albergue —dijo poniéndose de pie, animado.

Lo cierto era que, por momentos, se estaba echando atrás.

¡Aquel viaje era solo una salida de tiesto! No iba a hacer nada mínimamente peligroso por lo que su entrenador, su mánager o sus padres fueran a ponerse las manos en la cabeza, ¿verdad?

—Oye, mejor lo dejamos para mañana —le anunció al psicópata cuando dio con él. Este le miró perplejo.

—Has dicho que te apuntabas…

—Sí, pero mañana. Hoy tengo que ayudar a Emma. Nos vemos, tío —Y se fue como si el suelo le estuviera quemando los pies.

Pero la tranquilidad le duró solo un día más. Había llegado el momento, y tenía la sensación de que «Moby Dick» se merendaba a los pescaditos como él.

Miró a Emma y le tranquilizó su sonrisa. Ella era fantástica, y algo le decía que, cuando supiera quién era él en realidad, nada cambiaría.

El día anterior habían sido muy herméticos en cuanto a las razones que les habían llevado a viajar solos hasta Oceanía, desde que la vio, sintió que ambos estaban predestinados a ayudarse en su pequeño viaje astral. Como si fuera una especie de guía espiritual. Un alebrije o animal fantástico lleno de colorido que le ayudaría cuando más lo necesitase.

Capítulo 4  –  Inmersión Letal 

Emma

Hicimos una ruta diferenciando la zona seca de la zona mojada del barco. Información muy útil para alguien como yo, que desafía constantemente los límites de las leyes de Murphy.

Daniel reunió al grupo de bautizo, que incrementó su número con una nueva adquisición de última hora. Larisa, una chica rusa que tampoco había buceado nunca.

—Hola a todos —comenzó en un inglés depurado después de acomodarnos a los tres con un café en una zona tranquila de la proa—. Hoy es un día muy especial para vosotros. La vida, tal y como la conocéis, va a terminar.

Iker comenzó a toser alejando el vaso que sostenía de su boca.

—Observar por primera vez las profundidades marinas es un momento único —continuó Daniel—, es descubrir un nuevo mundo. El que conoces empequeñece y tu mente no puede evitar expandirse al entender que lo que sabes es solo una gota comparado con lo que falta por saber. Después solo queda rendirte a su belleza, a su misterio, a su infinitud y dar gracias porque su grandeza te haga sentir tan insignificante.

Mi boca se abrió sola. Creo que la de los tres.

Nuestro instructor sonrió como si guardara un secreto. Fue una mueca privada tan personal que era imposible que la tuviera ensayada. Su pasión por el mar no era puro marketing, más tarde descubriría lo mimetizado que estaba en realidad con el medio.

Moby Dick era un hombre extravagante donde los haya. Su pelo profundamente negro poblaba su cabeza recordándome al cantante Zayn Malik. Sus ojos marrones claros refulgían en la oscuridad de su tez, como si de un color inusual se tratase. Sus tatuajes rivalizaban con su poética y sosegada forma de hablar. En sus rasgos no había nada especialmente bello, pero era una de esas personas en las que su espíritu se impone a los detalles físicos, devolviendo una visión de conjunto que, unida a su actitud asocial, desprendía un misticismo muy singular.

—¿Cuándo vamos a montar el equipo? —preguntó Iker ansioso, señalando cómo el resto de la gente lo hacía—. Habrá que revisar que todo funcione bien, ¿no?

—En el bautizo no se aprende a montar el equipo, solo a respirar correctamente y a saber qué hacer en caso de problemas.

—¿Y cuándo vamos a llegar a tan necesaria parte? —interpeló el futbolista.

—Calma. Todo a su tiempo.

—Si subo a la superficie a toda velocidad, ¿me explotarán los pulmones? —saltó de repente la rusa en un inglés aceptable.

—¡Buena pregunta! —señaló Iker nervioso.

—A nadie va a reventarle nada —contestó Daniel apacible—. Os voy a poner el equipo, nos vamos a tirar al agua y solo vais a tener que respirar normalmente. No es difícil, se trata de aspirar y exhalar. Seréis capaces —afirmó con sarcasmo.

—¿Y si me canso de nadar? —preguntó la rusa preocupada—. Cuarenta minutos es mucho tiempo y no estoy acostumbrada a hacer deporte.

—Os lanzareis al agua con el chaleco medio hinchado, así que flotareis sin hacer nada —respondió Daniel con seguridad—. Para bajar, solo tendréis que apretar un botón que deshincha el chaleco y os hundiréis gracias al cinturón de plomos que llevareis en la cadera, respirando ya con el regulador en la boca. No vais a dejar de respirar en ningún momento. Es más, la primera norma del buceo es nunca mantener la respiración bajo el agua. Lo importante hoy es que, a medida que vayamos bajando, notaréis una presión en el oído. Solo tenéis que taparos la nariz y soplar para que desaparezca —dijo imitando el gesto—. Lo haremos cada medio metro y, una vez abajo, todo el mundo seguirá respirando con normalidad y no os dolerá nada. Nos pondremos en posición horizontal en grupos de dos y, con un lento y uniforme aleteo, viviréis el mejor momento de vuestras vidas hasta la fecha, ¿de acuerdo?

Los tres asentimos guardando silencio. Parecía sencillo. Un juego de niños. Y, aunque todo el mundo quiso replicar ante esa última frase, nadie dijo una palabra.

Instantes antes de tirarme desde el barco al mar más añil que había visto en mi vida, encontré los ojos pensativos de mi ángel de la guarda. La rusa ya se había lanzado y esperaba con Dani en el agua.

—Tírate tú primero.

Eso me sonó a «No, cuelga tú», pero…

—Si me tiro yo, creo que tú no lo harás —acerté a decir—. Mejor, pasa delante.

Él me mantuvo la mirada y se mordió los labios, pero no se movió.

—¿Qué ocurre? No te va a pasar nada —le aseguré.

—Ya lo sé, es solo que…

No continuó la frase. Parecía que estaba entrando en pánico, pero era algo más. Estaba actuando como si fuera un momento clave de su vida. Todavía no entendía las verdaderas razones por las que estaba allí una estrella del deporte, haciendo todo lo posible por sabotear su carrera realizando deportes de riesgo para su profesión, pero intuí que estaba a punto de averiguarlo.

Iker cerró los ojos rindiéndose a una misteriosa vergüenza.

—Aunque te cueste creerlo… toda mi vida he hecho lo que me han ordenado —dijo mirándome intensamente—, y lanzarme de este barco es dar un paso definitivo, porque es aceptar la sentencia de que, a partir de ahora, estoy solo. Y eso me aterra.

Me pareció lo más humilde y valeroso que había oído en años y le sonreí porque creo que, cuando realmente se es valiente, es cuando se tiene miedo.

—Entonces, ¿a qué esperas? Abraza tu libertad —le animé.

Dio varios pasos hacia el borde del barco y observó el agua.

—¡Es para hoy! —vociferó Daniel mecido por el vaivén de unas olas ligeras.

Fijó su vista en él, resopló, y desapareció de mi vista tragado por el mar.

Cuando me dio por pensar que tenía que sujetarme las gafas y el cinturón para no perderlos en la caída, ya estaba volando hacia el Índico.

—¡Tranquila! —exclamó Dani sujetándome y tomando el control de mis chapoteos—. Poneos todos el respirador en la boca y sujetad el hinchador hacia arriba como os he enseñado, vamos a descender. Recordad que haremos una parada de tres minutos a unos cuatro metros antes de subir a la superficie. Que nadie suba directamente. Y no hinchéis el chaleco para ayudaros a ascender o lo lamentaréis.

—¡¿Por qué?! —preguntó Iker alterado.

—Simplemente no lo toques y todo irá bien, ¿vale? —le dijo acercándose a él y comprobando su equipo de nuevo—. ¡Descendemos!

¿Sabéis esos corchos rojos y blancos con los que la gente pesca? Pues esa era yo. Mi chaleco estaba completamente deshinchado y yo seguía en la superficie flotando como una peonza. El músculo no flota, pero la grasa sí. Veía a los demás bajar poco a poco y a Daniel ayudándoles.

—Eh —me llamó una voz desde el barco.

El que faltaba.

Superman estaba mirándome preocupado.

—No bajo… —gimoteé.

Y, sin más, se lanzó al agua. Sin chaleco, sin gafas, ¡sin nada!, y nadó hasta mí.

—Voy a ponerte un plomo más en el cinturón y bajarás —me informó antes de empezar a meterme mano descaradamente en la cintura. Sentía su dedos por todas partes y me agarré a él porque las piernas no me respondían.

Dios… ¿Qué hacía un desconocido tocándome así?

—Escucha —dijo acercándose más a mí, intentando captar mi atención. Tenía gotas de agua posadas en sus espesas pestañas y no podía dejar de mirarlas—. Vas a hacer lo siguiente: expulsa todo el aire de tu interior y comenzarás a hundirte. Ponte el regulador en la boca, pero no lo uses hasta que no puedas aguantar más. Bajaremos juntos, lentamente.

Asentí en respuesta y lo hicimos. En el último momento, se bajó unas gafas enanas que tenía emboscadas en su pelo y, como por arte de magia, empezamos a descender muy despacio, todavía agarrados. Él me hizo un gesto para recordarme que me tapara la nariz y soplara para aliviar el dolor que empezaba a tener en el oído. Muy propio de mí, evadirme del mundo físico mientras pienso en otras cosas. Como por ejemplo, que Jon no llevaba respirador, o que no llevaba plomos, o que parecía que ya no pensaba soltarme nunca más, así se ahogara. 

A unos cuatro metros, nos encontramos con el resto del equipo que esperaba abajo. Daniel y Jon se hicieron un gesto tras el cual Superman volvió a subir a la superficie.

Lo admito. Solía ponerle apodos a la gente, era otra de mis manías. Como al tío gordo, pervertido y con bigote que estaba en el Departamento de Recursos Humanos de mi empresa al que llamaba acertadamente «Torrente», pero puede que, en esta ocasión, hubiera dado aún más en el clavo con Jon, porque terminaría rescatándome en todos los sentidos.

No hay palabras para describir lo que vi al llegar abajo. Supongo que hay que vivirlo. Me quedé extrañamente suspendida sin tener que hacer nada… Y sentir que vuelas mientras observas la placidez con la que la vida acuática transcurre en su inconmensurable belleza multicolor es… —a falta de una palabra que lo transmita mejor— la hostia.

Daniel empezó el paseo conmigo, pero no dejaba de controlar a los otros dos buceadores y de preguntarles si estaban bien por medio de gestos, haciendo el símbolo de «Ok», juntando su dedo pulgar con el índice.

De vez en cuando, llamaba nuestra atención con sonidos metálicos y nos preguntaba con otra señal cuánto oxígeno nos quedaba en la botella. Con los dedos y un gesto que significaba «cien», íbamos informándole, hasta que, a la tercera vez, Iker contestó que le quedaban solo cincuenta milibares.

Daniel abrió mucho los ojos y comprobó su reloj. Discerní en su cara una encrucijada y una posterior decisión, comunicándonos finalmente que la inmersión había finalizado y que íbamos a subir, a pesar de llevar solo veinticinco minutos bajo el agua. Pero, de repente, Iker le agarró del brazo y le hizo un gesto negativo, pues sabía que todavía no era la hora. Él le respondió que iba a quedarse sin oxígeno pronto y que debíamos subir. Todos pudimos sentir la impotencia de Iker al darse cuenta de que, por su culpa, nos quedaríamos sin bucear otros veinte minutos. Negó con la cabeza y fijó sus ojos en los de nuestro instructor exigiendo una solución. Fueron segundos tensos ante la nueva negativa implacable de Daniel, lo que hizo que Iker bajara la cabeza desilusionado. Sin embargo, con un gesto de rendición, Daniel le tocó el brazo, alzó la mano con cuidado y la llevó hacia un respirador de color amarillo que llevaba en su chaleco. Era el regulador de emergencia. Nos había comentado por encima que, en caso de que se atascara o rompiera el primer regulador, debíamos usar ese. Le indicó que podía usar el de su equipo si quería continuar e imitó el gesto que debía hacer al sacarse el actual regulador de la boca y coger con calma el otro para colocárselo.

Iker asintió con énfasis y Daniel, cogiéndole el hombro, le ordenó que lo hiciera despacio. Iker asintió hechizado mientras se agarraba a sus ojos como un náufrago a una balsa. Dani se quedó muy cerca de él y observó el movimiento cuando le dio luz verde para hacerlo. Sin mayor problema, Iker soltó un regulador y se colocó el otro sin dejar, en ningún momento, de mantenerle la mirada.

Cuando Daniel comprobó que todo iba bien, guardó el regulador antiguo de Iker en su chaleco y siguieron juntos la visita avanzando muy pegados por el corto cable que distaba de la boca de Iker al chaleco de Daniel.

Nada más salir a la superficie, escuché el grito de júbilo del futbolista.

—¡Madre mía, ha sido increíble! ¿Has visto esas mantas leopardo?

—¡Sí! —chillé—. ¡Eran impresionantes!

Me pareció extraño que Dani mantuviera un sepulcral silencio ante nuestra alegría y durante todo el trayecto a nado hasta la escalerilla para subir al barco.

«Hinchad el chaleco», ordenó secamente.

«Subid ya», fueron las únicas frases que salieron de su boca.

Fue ayudándonos uno a uno a encajar la botella de oxígeno en su molde redondo correspondiente y a salir del chaleco armado. En cuanto Iker fue libre, se giró hacia él y empezó la pelea.

—No vuelvas a hacerlo —le espetó cabreado—. Nos has puesto a todos en peligro.

—¿Qué? —preguntó Iker desconcertado.

—En una inmersión, el instructor es quien tiene la última palabra. La responsabilidad es mía. Y si digo que subimos, se sube sin cuestionar nada.

—¡Apenas había pasado la mitad del tiempo! —se quejó Iker—. Hemos pagado para estar cuarenta y cinco minutos abajo.

—También habéis pagado para seguir vivos. No puedo arriesgarme a que alguien que no ha buceado nunca, no acierte a colocarse bien el regulador, le entre pánico, trague agua y tenga que rescatarle dejando a dos personas —también novatas—, abandonadas a su suerte a doce metros de profundidad. Eres un egoísta. ¡Y muy imprudente! —escupió severo.

—Yo no he sido imprudente en mi vida —aseguró ofendido Iker—. Mi regulador estaba roto. Igual tengo que exigirle a tu jefe que me des otro paseíto gratis.

—No en esta escuela —replicó Daniel haciendo ademán de marcharse, sin embargo, se giró de nuevo para decir unas últimas palabras—. A los kamikazes como tú les vetamos la entrada. No queremos problemas. Y no estaba roto. Nunca había visto a nadie acabar con el oxígeno tan rápido, eso solo les pasa a los deportistas de élite o a los cobardes que respiran igual que un perro asfixiado por perseguir la rueda de un coche.

—Soy deportista de élite, bocazas. Tenías que habérmelo advertido.

—¿Qué me has llamado? —murmuró amenazante Daniel acercándose a él.

Iker era, a todas luces, más grande y fornido que Moby Dick, pero la actitud de este era mucho más peligrosa.

—¿Qué coño pasa aquí? —interrumpió Jon saliendo del agua con otro grupo.

—Nada —reculó rápidamente Daniel alejándose de Iker y mirando al suelo. Mi amigo le siguió con la mirada, pero no era odio lo que encontré en ella, sino cierto desasosiego.

Yo, que me había quedado petrificada ante semejante escena, descubrí de pronto que Superman me miraba a mí buscando explicaciones.

—¡No ha pasado nada! —salté. No me creyó ni por asomo.

—Lavad el equipo y dejadlo en esas cajas —gruñó señalando una esquina—. Aletas, gafas, tubo, incluso el neopreno.

—¡Sí, señor! —contesté como si estuviésemos en el ejercito. Jon se fue en busca de su subalterno.

—¿Por qué te has puesto así? —le susurré a Iker.

—¿Quieres la verdad?

Parecía desolado.

—Ya estás tardando.

—Me ha encantado la inmersión. Y quiero volver a hacerlo, pero necesito que sea con él… 

—¿Por qué? —pregunté extrañada.

—Porque es la primera persona que me permite salirme con la mía… —dijo maravillado—. No quería subir todavía. No quería dejar mi libertad tan pronto constreñido una vez más por mi condición, y él lo ha visto… Me lo ha concedido, y no es el típico tío que hace favores. He sentido que me entendía y que confiaba en mí para hacer un movimiento arriesgado. Pero sube y me grita todo eso, incluido que no volveré a bucear con él… —lamentó—. Me ha sentado como una patada en el estómago en un momento que estaba siendo muy especial para mí…

El cabreo de Iker tenía sentido, pero… ¿el de Moby Dick?

De repente, lo vi claro. No, no había sido un favor.

—Tranquilo, volveremos a bucear juntos —dije convencida.

—¿Por qué estás tan segura?

—Porque creo que él también quiere volver a bucear con nosotros —sonreí ladina.

Capítulo 5  –  Infierno Azul 

Jon

«¿Por qué estoy encerrado en un baño?», pensé trastornado.

¡Maldita sea! En cuanto les vi en la escuela a primera hora de la mañana, supe que esos dos iban a traerme problemas. ¡Españoles tenían que ser! Un país peculiar el nuestro.

Quise esconderme detrás de una piedra cuando mi falta de tino obligó a esa chica a pedirme una talla más de neopreno. ¡Por costumbre les daba la «M» a todas!

¿Que si pasé vergüenza? Muchísima. Porque no había cosa que más me incomodara que ver mortificada a una persona. Supongo que debería haberme dado cuenta, porque era una chica grande, aunque no rotunda. Y en ningún momento tuve la sensación de que estuviera gorda.

Horas después, al regresar de mi apacible primera inmersión con un par de deliciosas suecas, escuché palabras malsonantes procedentes de mi empleado más controvertido.

Daniel estaba encarándose con el español y, sin cortarme un pelo, pedí explicaciones a la que creía que era la culpable. «La del pelo bonito», porque no quería ni recordar su nombre.

Me parecía inconcebible que estuvieran peleándose por ella, pero era un presentimiento tan inevitable como las ganas de orinar después de casi una hora bajo el agua.

Perseguí a Daniel porque no quería tener ninguna queja de los clientes.

—¿Algún problema? —le pregunté a su espalda cuando lo encontré apoyado en una escota del barco mirando al mar.

—No. He cometido un error, eso es todo.

—¿Qué error? —insistí.

—Ese tío es deportista de élite y se ha fundido la botella en menos de veinte minutos —resopló—, pero no quería subir y hemos compartido mi tanque para quedarnos algo más de tiempo abajo.

—¿Y?

—Y nada —respondió malhumorado—. Al subir le he dicho que debía obedecer al instructor cuando daba una orden bajo el agua y se me ha puesto chulo.

Levanté una ceja incrédulo.

Hacía casi un año que Dani trabajaba para mí y conocía su temperamento. Llegó sin saber bucear y aprendió rápido. Estuvo meses en la escuela superando curso tras curso, obsesionado, hasta que decidió hacer el Dive Mater para ser instructor. Fue cuando empezó a ayudar a otros cuando me di cuenta de su verdadero potencial.

Era una aguja en un pajar. Un tío al que te gustaría tener cerca, no solo debajo del agua, sino en cualquier situación. Tenía una mente privilegiada y un diminuto problema social que intentaba depurar con desidia, pero que lo hacía único cuando se dignaba a mirarte con algo parecido al aprecio. Un diamante en bruto del que no quise desprenderme y al que le ofrecí un puesto de trabajo nada más terminar. Porque convivir con alguien así era un reto diario, y bastante adictivo, pero también tenía sus inconvenientes.

—No me creo nada, Dani. El tío parecía superfeliz cuando ha salido del agua.

—¡Solo le he dicho que nos ha puesto a todos en peligro por sus caprichos! Es un grupo de iniciación.

—¡Esa es la palabra clave, tío! Iniciación. Sabes de sobra que la mayoría de la gente se anima a continuar buceando. ¿Quieres perder clientes?

—Lo que no quiero es que nadie me obligue a ser un negligente.

—Podías haberte negado y no lo has hecho. Por eso estás tan cabreado —sonreí malicioso.

Mantuvo silencio otorgando mis palabras y frunció más el ceño.

—Cambia esa cara y soluciona esto, tienen que seguir. Y deja las peleas de gallos para las noches en el bar. Que manía tienes de pelearte por una chica…

—¿Qué chica?

—La tía que va con él, la que está en modo detective. La verdad, no sé qué ves en ella… —intenté reñirme a mí mismo.

—Esto no va de eso.

—Lo que tú digas, pero soluciónalo.

Le di una palmada en el hombro y volví  con mi grupo para recoger el material.

El destino quiso que los españoles, en su afán de dejarlo todo para última hora, siguieran recogiendo el equipo cuando la mayoría de los clientes ya estaban en la terraza superior disfrutando de un bufé de fruta y bebidas que ofrecíamos después de cada inmersión.

El deportista se quitó el neopreno sin esfuerzo y lo sumergió en la palangana más grande de agua dulce.

—Voy al baño —le informó a su compañera—. ¿Nos vemos arriba?

—Vale —le sonrió ella.

Tenía una sonrisa bonita, de verdad, y parecía simpática…

«Pero esa no es razón suficiente para perder el tiempo con ella más allá de la mera cordialidad», me recordó una voz en mi cabeza. Sin embargo, existía otro motivo para mí. Mi dichosa curiosidad de gato.

—¿Cómo va tu investigación sobre la chica atropellada? ¿Has descubierto algo más?

Me puse a su lado y sumergí las aletas en un cubo. Ella pareció asombrada de que le hablase.

—Eh…, no, pero sé que estoy en el lugar indicado. Ayer acababa de llegar y fue todo muy precipitado… He decidido hacerme al pueblo, preguntar a los aldeanos y recorrer los sitios que ella menciona en su diario… Y, tarde o temprano, daré con lo que estaba buscando.

—Y de paso, puedes aprender a bucear y conocer a un chico guapo, ¿no? —vacilé sonriente.

Admito que fue un comentario infantil por mi parte pero…

—Conocer a Iker ha sido una bendición —respondió displicente—. Va a ayudarme. Con él todo será más fácil.

Esa aclaración, inevitablemente, me escoció.

Yo también le había ofrecido mi ayuda y la había rechazado sin fingir algo de cortesía. Me daba la sensación de que pensaba que solo servía para una cosa. Una en la que ella no estaba para nada interesada, además.

—Me gustaría seguir buceando —dijo de repente cambiando de tono—. Toda la investigación gira en torno al buceo. Si voy a seguir buscando en este círculo, quiero aprender más.

—Podrías sacarte el Open Water —sugirió el comercial que había en mí.

—Es buena idea. Le preguntaré a Iker si quiere apuntarse conmigo, aunque creo que él solo buceará con Daniel, ¿podrá ser? —preguntó enigmática.

Esa información me dejó descolocado. Después de lo que acababa de ocurrir entre ellos, ¿el tío quería volver a bucear con él? ¿Por qué? Más preguntas sin respuesta.

—No habrá problema —accedí solícito.

—Bien —resolvió contenta—, iré a decírselo.

—Antes, quítate el neopreno.

Al darse cuenta de que aún lo llevaba puesto, buscó alrededor alguien de fiar que le ayudara a bajarse la cremallera de la espalda y pareció no encontrarlo.

—¿Te ayudo?

Ella me miró y pareció pensárselo. ¡Como si yo tuviera algún tipo de enfermedad contagiosa, joder!

—Vale —aceptó dándose la vuelta.

Se la bajé rápidamente y continué con mis cosas. El problema fue que, cuando consiguió despegarse el traje del cuerpo, la parte superior de su bikini (que parecía el souvenir de una revista del corazón) se deslizó con él.

Al momento, aparecieron en mi campo de visión dos objetos no identificados que poco tenían que ver con los pechos que estaba acostumbrado a acariciar.

—¡Mierda! —chilló ella tapándose.

Aparté la vista tan rápido que casi me parto el cuello.

Ocultó sus atributos con las manos (a duras penas) y se dirigió con premura hacia uno de los servicios.

Intenté quitarle hierro, pero el daño estaba hecho. La imagen no dejaba de golpearme el cerebelo y mis piernas se dirigieron solas hacia el servicio simétricamente opuesto a donde se había ocultado Emma.

No, por favor…

Yo… escondido. Yo, ¡empalmado! ¡¿Por qué?!

Las suecas habían estado la mar de cariñosas durante toda la mañana y no había habido atisbo de actividad en esa zona. Sin embargo, veía una extraña e inquietante versión de unos senos en los que jamás habría reparado por… 

«¿Su falta de firmeza, proporción y estética?», sugirió la voz.

¡Lo que sea! ¡Pero me sentía fuera de control!

Sucesos físicos vergonzosos aparte, mentalmente sentía un enfado irracional. Desde que la conocí, esa chica me había tratado de un modo para el que no estaba preparado. Era como sentirme personalmente atacado por ella. Había algo en su tono de voz y en su mirada, que me hacía sentir… no sé, ¿inferior? Era una puta locura, pero ahí estaba, como una picadura de mosquito que no puedes dejar de rascarte.

Cuando logré salir del baño —tras repasar todas las constelaciones del sistema solar—, subí a la terraza y fui directamente hacia Daniel.

—Los españoles quieren sacarse el Open Water —dije sin preámbulos.

—¿Qué? —respondió perplejo—. Pues que los atienda Steve, si tú no puedes.

¡Ja! No. Yo tampoco podía. Ahora no.

—El problema es que el famoso te quiere a ti. No buceará con nadie más —exageré.

—¿Cómo? ¿Por qué? —preguntó Daniel desconfiado.

—No lo sé. ¿Por qué no hablas con él, le pides perdón y te comportas como la persona que necesito que seas?

Escaneó mis ojos intensamente y en su mirada se cruzó ese efecto imposible por el que no quería que desapareciera de mi vida. Para explicarlo bien, diré que era el efecto contrario al que sentía con la chica española. Dani siempre tenía ganas de replicar, la gente en general no le gustaba, pero conmigo, cedía. En mí, confiaba. Y eso era muy agradable para alguien tan despegado como yo. Hacía que me sintiera jodidamente importante.

—Está bien —gruñó confirmando mi premonición. Y me esquivó como a un palo de eslalon, rozando ligeramente su cuerpo con el mío. Ese simple gesto fue como un abrazo por su parte. Así era él. Un puto borde adorable.

Vi cómo Emma se quedaba sola cuando Dani le proponía tener una charla privada al deportista.

Sus ojos verde musgo repararon en mí por un segundo y se escondió en su pelo, poniéndose del color de la granada. Era un movimiento defensivo que ya le había visto hacer, escudarse en su increíble melena. Y, joder… funcionaba. Después comenzó a mordisquear un trozo de sandía con la cabeza gacha.

Yo, por mi parte, más bien me quedé blanco, cuando me descubrí observando con avidez cómo su boca deshacía la fría fruta por el contraste cálido con su lengua.

«¡¿Qué cojones me pasa?!», pensé preocupado.

Cerré los ojos y me froté el pelo justo a tiempo para atender a las dos suecas que venían a saludarme de nuevo.

¡Pechos normales! Al fin. De un tamaño estándar, inofensivos y perfectamente alineados. También sonrisas radiantes, miradas que mandan mensajes de lo bien que lo pasaríamos entre sábanas o en la discreta oscuridad de una playa a medianoche. Pero mis traidores ojos volvieron a Emma, para descubrir en los suyos una expresión de asco ante aquella misma escena.

—Chicas, disculpadme, ahora vuelvo —les dije huyendo de allí.

¡Venga ya! ¿Me importaba acaso lo que esa tía pensara de mí? ¡Si no la conocía de nada!

No, no era eso.

Sencillamente, no quería que despertara mi lado oscuro y estaba a punto de hacerlo. Que estuviera bien escondido, no significaba que no lo tuviera. Y siempre me había parecido horrible la sensación de saber que, en el fondo, dentro de mí habitaba una mala persona.

La arrogancia puede ser afilada, mordaz y malvada. Por eso no dejaba que mis sentimientos interviniesen nunca en mis objetivos porque, cuando el orgullo se metía por medio, era capaz de hacer cualquier cosa para conseguir lo que quería. Y eso era aberrante. Ya había vivido un par de situaciones parecidas en el pasado y me había costado mucho tiempo tragarme esa culpabilidad. 

Pero ahí estaba de nuevo. Renaciendo. Esa ansia por reconquistar un poder arrebatado. Un deseo de demostrarme algo a mí mismo: respeto. Ganas de abrirle los ojos a alguien al sentir que te menosprecia. Sin motivo. Sin razones. Sin compasión. Como solía hacer mi madre tras la muerte de mi hermana…

Sacudí la cabeza con brusquedad para deshacerme de ese último pensamiento. Podía soportar esa quemazón tan característica, «las ganas de darle una lección a alguien», unos tres días más. Cuando terminaran el Open, la perdería de vista. ¡No necesitaba demostrar nada!

«Además, tiene pinta de ser tan fácil que da pena…».

«Parece una chica que se colaría por cualquiera que le hiciera un poco de caso», susurró mi malvada voz interior.

¡Maldito Mr. Hyde! Mi otro gran problema.

Esos retorcidos pensamientos provenían de él. Era como un alter ego cabrón que no tenía ni pizca de piedad. Al mirarme al espejo, solía convencer a mi retraído cerebro de que, si le hacía caso, se le abrirían muchas puertas en la vida. Ese ente no tenía tiempo para complejos ni para sentir compasión por nadie. Normalmente, no le veía el pelo. Hasta que llegaba alguien que me impedía seguir disfrutando de mi tranquilidad y Hyde urdía un plan que mi instinto, mi cuerpo y mi mente terminaban por acatar.

Por desgracia, la Santísima Trinidad acababa de recibir órdenes por su parte de desafiar a esa chica. Pero las tres fuerzas que conformaban mi persona tenían diversas opiniones respecto a ella.

Mi cuerpo, iba completamente a su bola. Como una brújula que no deja de girar a toda velocidad en dirección contraria afectada por un extraño fenómeno atmosférico.

Mi cabeza fría, quería darle lecciones de modales y satisfacer su enfermiza curiosidad por su investigación.

Pero mi instinto me rogaba que me alejara de ella lo más rápido posible en sentido opuesto a sus malditas coordenadas, antes de que la acorralara en un movimiento completamente primitivo.

Tres días. Tenía que doblegar a ese poderoso trío o terminaría lamentándolo.

Capítulo 6  – La hora decisiva 

Emma

«¿Dónde diablos estoy?», pensé al abrir los ojos y no reconocer el lugar.

Llegar un sábado y a la semana despertarte sin recordar que estás en otro continente, es heavy incluso para mí…

Me levanté de una especie de sofá, miré alrededor y no capté ninguna pista. Al momento, mi cabeza recreó la sensación de un salto con paracaídas y me dejé caer hacia atrás. Estaba muy mareada. No tenía una resaca así desde hacía años, y de repente, vi que llevaba puesta una camiseta azul clara de la escuela Blue Days.

Accidente. Australia. Iker. Buceo. Barbacoa coreana. Jon…

Joder, Jon.

Me tapé la cara y recordé fragmentos de la noche.

¡…!

El término «vergüenza» estaba a años luz de mi estado.

CONTINUARÁ…

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