Novela Romántica Erótica

LA DROGA MÁS DURA I: ATRÉVETE A PROBARLA

PRÓLOGO

Marta García, 8 de febrero 2016

Abrió los ojos y a pesar de reconocer que era su cama, tuvo una sensación extraña. Estaba desnuda y ella jamás dormía sin ropa. No sabía cómo había llegado hasta allí, apenas recordaba la noche anterior, un tremendo dolor de cabeza no le dejaba pensar con claridad y estaba exhausta, como si acabara de correr una maratón. Algo iba mal. 

De repente, vio su vestido negro en el suelo y se dio cuenta de que estaba rasgado. Sin duda, algo iba muy mal. Sentía el cuerpo hipersensible y una humedad inusual entre las piernas. En ese momento, un flash borroso de actividad sexual cruzó su cerebro, ahogó una exclamación y se tapó la boca con la mano. No tenía ni idea de quién podía ser él, no lo recordaba, pero tenía clara una cosa: no había sido consentido. Sin embargo, no había podido poner ningún tipo de resistencia.

Entonces lo entendió.

—Me han violado… —susurró con los ojos perdidos en el vacío.

CAPÍTULO1

LOS TRES MOSQUETEROS

No estaba nerviosa por estar acompañando a un Inspector de policía a la sala de juntas de la agencia de modelos, lo estaba porque ese representante de las Fuerzas de Seguridad del Estado era mi mejor amigo. Se había presentado allí sin previo aviso fingiendo no conocer a nadie, y supe que me acababa de meter en un buen lío.

Cuando di aviso a Los Tres Mosqueteros, como cariñosamente llamaba a mis jefes, una sombra de preocupación recorrió sus caras. Dejaron lo que estaban haciendo y acudieron enseguida.

—Señores, buenos días —comenzó mi amigo apretando manos a cada uno de ellos—. Soy el Inspector Jorge Fuentes y estoy aquí por un asunto de drogas que está salpicando el sector de las agencias de modelos.

—¿Drogas? —preguntó uno receloso.

—Aquí nadie consume drogas —saltó otro a la defensiva.

—Me refiero a las drogas de la violación: Rohypnol, GHB y MDMA concretamente —aclaró Jorge—, ha habido diez casos de violaciones en menos de un año en el mismo círculo, y creemos que puede tratarse de la misma persona. Necesitamos su colaboración.

Cerré lentamente los ojos, no me hacía falta oír más.

Hacía seis meses que trabajaba en CXL Management. Aunque había empezado siendo una agencia de modelos y azafatas, a raíz de participar cada vez en más fiestas y galas, amplió sus servicios a la organización de eventos. El funcionamiento del sector era de sota, caballo y rey; no hacía falta ser muy listo para ver que ese tipo de empresas requieren principalmente de tres cosas básicas: buenos contactos, un mullido colchón financiero y una capacidad de sacrificio a prueba de bombas.

Casualmente, los tres mosqueteros poseían estos requisitos complementándose a la perfección. Leo tenía los contactos, Axel el dinero y a César le bastaba con tener un cociente intelectual de 150 para conseguir todo lo que se propusiera. El broche de oro lo ponía que los tres eran rematadamente atractivos, cosa que era, cuando menos, irritante. Nunca había tenido problemas de autoestima hasta que entré a trabajar en ese entorno, era imposible no sentirse el patito feo. Tanto glamour, tanto estilo, era agotador.

Sin embargo, para mi sorpresa, pronto descubrí que todo el mundo era mucho menos feliz de lo que parecía a simple vista. Algunas modelos tenían más complejos que yo, y para otras, su belleza era un handicap que debían superar para demostrar que eran algo más que una cara bonita, aunque todas coincidían en que por lo menos les daba un dinero extra.

Como simple mortal podría haberme sentido atraída por cualquiera de mis jefes, pero ese problema desapareció el primer día en cuanto pude catalogar a mi trío de ases.

Leo estaba ligeramente fuera de mi jurisdicción. Pelo Pantene, sonrisa Profident y cuerpo Danone. Entraba en una habitación y se te erizaban los pezones contra tu voluntad. Ese pelazo negro perfilando unos ojos azul claros impresionantes no dejaba indiferente a nadie. Me moría por saber su marca de champú —algún día se la sonsacaría— tenía pinta de ser caro. Era el único de ellos que había sido modelo realmente; conseguir el título de Míster España hacía ocho años le había abierto muchísimas puertas: pasarelas internacionales, contactos en altas esferas de marcas de ropa, publicidad para firmas de maquillaje, medios de comunicación interesados en que participara en realities… La lista era interminable, y todo eso había sido parte fundamental del engranaje de la empresa hasta el día de hoy. En las distancias cortas era el eterno payaso. Nunca sabía cuándo hablaba en serio, y no escondía que era un mujeriego de bandera. Coqueteaba hasta con las máquinas de tabaco, pero en el fondo, me parecía un buen chico jugando a ser el terror de las nenas.

César era el más reservado. Daba un pelín de miedo. Parecía que sus increíbles ojos grises lo veían todo, como si tuviera un rayo láser capaz de verte sin ropa y leer tu mente a la vez. No era nada hablador, pero sí extremadamente expresivo, al menos para mí, había hecho de la comunicación no verbal un arte. Todo el mundo decía que era un genio, por eso me sorprendía que con lo inteligente que era, no se hubiera dado cuenta de que era gay. O tal vez lo supiera, pero le había visto un par de veces en fiestas irse a casa con alguna chica. Estudió a la vez Dirección de Empresas y Derecho Financiero, pero a la hora de expresar emociones, como la mayoría de los superdotados, parecía un poco perdido.

Mi radar para detectar homosexuales encubiertos había sido perfeccionado por mi amigo Jorge, un policía nacional ascendido a Inspector que debía mantenerlo en secreto por prejuicios de una sociedad todavía muy retrógrada. Era la última persona que hubiera pensado que era gay, su pluma era inexistente, pero debido a pequeños matices suyos me había convertido en una experta en distinguirlos. No sería yo quién le diese pistas al pobre César, todo el mundo sabe que el mensajero siempre muere.

Cuando le conté a Jorge mis sospechas, supe que había sido un error. Según él, no había nada más morboso que conseguir que alguien saliera del armario y se empeñó en conocerle. Cuando me negué en redondo a presentárselo, le advertí que César no era ningún pardillo al que engatusar, sabía que desafiarle no era sensato.

Y por último, estaba Axel. ¿Qué puedo decir que no me haga parecer una psicópata? Desde el primer momento cuando entró en la habitación para hacerme la entrevista de trabajo, sentí un tirón alfa que me dejó idiotizada. Nunca me había pasado con nadie, pensaba que esas cosas solo ocurrían en las películas de Disney. Fue una atracción tan fuerte que tuve que agarrarme a la mesa para no abalanzarme sobre él y empezar a lamerle la nuca. Cuando volví a repasarle detalladamente se me secó la boca, lo admito. Barba de dos días, camisa blanca sin corbata, dos botones desabrochados y debajo un cuerpo definido imposible de obviar… Eso era un hombre con mayúsculas. No sé si fue su pelo de campeón de Surf o su desidia al apretarme la mano como si fuera una más, pero algo me hizo querer impresionarle sin conocerle de nada. Sus ojos color miel con puntitos verdes me escanearon intensamente cuando levantó la cabeza y se molestó en mirarme.

Gracias a Dios, el primero con el que me encontré en la recepción de las oficinas fue con César, y me llevó a la sala donde Axel me haría la entrevista. Algo debió ver en mí con alguno de sus superpoderes porque quiso ayudarme dándome la clave para que me contratara.

—Lleva ya tres entrevistas y todas han ido al hoyo —dijo con aire conspirador—. Siempre sale diciendo lo mismo: que él está de trabajo hasta el cuello y necesita una réplica de sí mismo, no una ayudante con horchata en las venas. Necesita coordinación y busca a alguien con sentido común, alguien de quien poder fiarse. Quiere ver seguridad, mala leche, resolución, eficiencia… —dijo con rapidez mirando repetidamente detrás de mí.

Y así fue como conocí a César. Sin tiempo a decir nada más, la puerta se abrió y ambos cruzamos una mirada cómplice que me transmitió muy buen rollo de cara a trabajar allí. Después, mi jefe entró en mi campo de visión y fue cuando casi me da un ictus. No sé muy bien cómo rebotaron mis neuronas otra vez para comenzar a decir algo mínimamente coherente, pero estuve a un pelo de echarlo todo a perder.

A pesar de su hastío inicial, Axel pareció realmente impresionado cuando mostré la actitud que estaba deseando ver y terminó la entrevista preguntándome si al día siguiente me parecía demasiado pronto para empezar. Solté un gritito y sonrió de tal manera que mis bragas se volatilizaron. De repente, me imaginé haciendo todo tipo de cochinadas con él, pero la ilusión me duró poco, una noche de sueños fantásticos muy satisfactoria, porque a la mañana siguiente, cuando las modelos me inundaron de información sobre Los Tres Mosqueteros, la noticia de que Axel estaba casado y tenía una niña, cayó como una jarra de agua helada sobre mi libido. Adiós a la fantasía. A partir de aquel instante, intenté pasar página fracasando estrepitosamente. Menuda era yo con la fuerza de voluntad, era más débil que un tiburón viendo una película de Tarantino. Cuanto más le conocía, más perdía el culo por él. Analizaba sus gestos, sus miradas, sus roces, sus sonrisas, cualquier cosa que pudiera indicarme que yo le gustaba, pero a la vez, iba en contra de mis principios liarme con un tío casado. Además, por su forma de ser, quería pensar que él también sería incapaz de hacer algo así. Me estaba volviendo loca y no tardé en hablarlo con Jorge y con mi mejor amiga Isa. Ambos coincidían en que en cuanto se me cruzara otro jamelgo que hiciera palpitar la entrepierna me olvidaría de este. ¡Qué equivocados estaban!

Las primeras dos semanas en mi nuevo empleo fueron muy intensas. Habían decidido contratar mi ayuda justo siete días antes de la Fashion Week Madrid Primavera-Verano. Por lo visto, les faltaban manos y desde el principio depositaron en mí una gran responsabilidad, lo cual me hizo sentir orgullosa cuando logré sacarlo todo adelante. En poco tiempo hice amistad con la mayoría de las modelos y colaboradores de la agencia. Ya se sabe, en situaciones límite de adrenalina, se crea un vínculo más rápido entre la gente, y yo había sido contratada precisamente para encargarme de ese detalle que en el último segundo hacía que el show pudiera continuar. Todo el mundo me adoraba, era como un hada madrina con su varita mágica. Mi móvil echaba humo en los eventos.

Pero hasta detrás de toda hada madrina hay una gran mujer, y esa era Zoe. Le apodé D’Artagnan porque era íntima amiga de mis jefes. Colaboraba con ellos a menudo y se pasaba por la agencia día sí, día también. Ella misma me contó que había ido al colegio con Axel y que le consideraba un hermano. Esa aclaración llegó dos días después de que viera por primera vez cómo invadía su espacio vital de forma más que cariñosa y los imaginara a los dos restregándose el uno contra el otro entre gemidos y sudor. Eso me costó dos noches sin dormir, ya que Zoe se había convertido en alguien indispensable para mí. Era como un pepito grillo que me murmuraba al oído donde no pisar fuera de tiesto en mi nuevo puesto. Recuerdo la primera vez que la vi, no dudé en pensar que era una de las modelos. Era guapa hasta decir basta y con su metro setenta y cinco nadie podía culparme de ello, pero cuando se lo pregunté, se echó a reír de una forma tan irreverente que me cayó bien al instante. Era muy auténtica, y me ayudaba en todo lo que podía sin pedir nada a cambio. Encontrarme gente así después del déficit de amor paterno filial que sufrí en mi niñez, me golpeó como un tsunami. Poco más pude hacer que dar las gracias a un ente invisible por haberla puesto en mi camino. Su “incestuosa” relación con Axel me hubiera perturbado si al poco tiempo no me hubiera dado cuenta de un detalle curioso. La única persona con la que Zoe chocaba abiertamente era con Leo. En sus encuentros con el Míster, o se ignoraban hasta rozar la falta de educación, o discutían airadamente de forma despectiva. Lo cual para mí, solo podía significar una cosa: ¡habían hecho cochinadas! Porque esa indignación solo se alcanza cuando tu oponente te ha sobado las tetas. El día que conseguí sonsacarle la historia a Zoe, casi me caigo de culo.

Cuando me contrataron, César vino a felicitarme muy ufano y comentó que en su opinión, hacía falta un poco de estrógeno dentro de la empresa. Y como siempre, qué razón tenía, porque hay cosas que una mujer solo le contaría a otra mujer.

Un buen día, cuando llevaba un par de meses trabajando allí, se me acercó Marta García y saltó la liebre. Me dijo que necesitaba coger la baja un par de días, y tras entregarme un papel firmado por su médico, no hice más preguntas. El lunes siguiente vino una amiga suya a renovar la baja por otros cinco días y me extrañó. Le pregunté si Marta se encontraba bien, y sus pocas ganas de darme detalles me alertaron e intenté ponerme en contacto con ella. No me cogió el teléfono ni me contestó a los WhatsApp, así que llamé al fijo que aparecía en su currículum porque estaba preocupada. Su adorable madre contestó y me dijo que Marta estaba de viaje con unas amigas. Una alarma nuclear se encendió en mi cabeza. Esperé con impaciencia a que volviera por la agencia y en cuanto apareció, le apliqué un tercer grado. Normalmente, no suelo meterme en la vida de la gente tan brutalmente, pero tenía un mal presentimiento con ella. Su mala cara, su tristeza y sus ojeras me decían que no estaba bien. Puso poca resistencia confesando enseguida que se había sometido a un aborto y la cosa se le había complicado un poco. Le pregunté si la había acompañado su novio y contestó cabizbaja que no tenía. Unos segundos después, con la boca pequeña, me dijo que no recordaba quién era el padre. No pregunté nada más, la animé como pude y le dije que le podía haber pasado a cualquiera, que una noche loca podía salir cara y había que tener cabeza. También le dije que era muy joven y que su vida continuaba. Ella asintió de forma ausente sumida en una tristeza inquietante. Quince días después dejó la agencia sin dar explicaciones.

No podía quitarme esa historia de la cabeza, y una noche lluviosa de abril, se la conté a mi compañero de piso. Los domingos después de cenar, solíamos salir al sofá de la terraza y mientras nos zampábamos un helado o un chocolate caliente (depende de la época del año), procedíamos con las confesiones de la semana. Con un gay encubierto como compañero de piso, las historias solían ser de lo más sórdidas. Sí, compartía piso con Jorge, el Inspector de policía, y le conté que el aborto de Marta y su repentina desaparición del mapa, me habían dejado mal cuerpo. Meses después, debieron llegar a sus manos más informes de casos parecidos en el mismo ambiente y ató cabos. Cuando lo vi atravesar la puerta aquella mañana y fingir que no me conocía, supe que se me acababa de complicar la vida, pero todavía no sabía hasta qué punto.

CAPÍTULO 2

INFILTRADOS

La noticia de las violaciones cayó como un torpedo japonés en aguas del Pacífico Sur, es decir, de lo más inesperado. Los tres se pusieron a hacer preguntas atropelladamente y Jorge, tomando el control de la situación, les indicó que tomaran asiento en tono autoritario. Yo me senté también en un lateral, esperando la guillotina que caería sobre mi cabeza por ocultación de información.

—Respondiendo a su pregunta, señor Torres —dijo Jorge mirando a Axel—. CXL está relacionada con el caso por una modelo llamada Marta García. Ella no denunció su violación, pero al descubrir que había más casos idénticos, una amiga suya que trabaja en otra agencia nos contó lo que le había sucedido a ella meses antes. Los síntomas de la agresión coincidían. Tenemos que marcar un cerco si queremos detener al culpable, comprobar las coincidencias en las fiestas donde trabajaron las tres agencias, y sobre todo, estoy aquí por si salen más casos que lleven a nuevas pistas. Las chicas deben estar informadas. Marta en concreto se practicó un aborto, y si lo hubiéramos sabido antes de la intervención, podríamos haber obtenido el ADN del asaltante con un simple análisis de sangre.

Un silencio barrió la sala. Asimilar que Marta había abortado tras sufrir una violación y que nadie lo supiera, les pareció muy preocupante. Yo no quise ni parpadear. La culpabilidad me carcomía. Realmente yo tampoco sabía ese detalle, pero sí había notado algo extraño.

—Lo entiendo —comenzó Leo—, pero esto va a causar miedo entre nuestra plantilla. Puede haber una estampida general a menos de cinco días de una de las semanas más importantes del año para nosotros. La mayoría de estas chicas estudian carreras o tienen otros trabajos, si se enteran de esto, podrían dejarnos y vernos en serios problemas con contratos que ya tenemos firmados.

—Por si no se ha dado cuenta, esto es un asunto serio —replicó Jorge con frialdad—. Usted me habla de contratos, yo de personas.

Leo apretó la mandíbula.

—¿Me está diciendo que no me importan mis chicas? ¡Mi propia hermana es modelo!

—Le estoy diciendo que, hoy por hoy, todo el mundo es sospechoso hasta que se demuestre lo contrario. Y su comentario no le ayuda, señor Ibáñez.

—¡Esto es el colmo! —exclamó Leo—. ¿Ha venido a encontrar al culpable o a señalar a un hombre al azar? Porque no es usted muy observador que digamos. Yo no necesito drogar a nadie para que caiga en mi cama, creo que salta a la vista… —César y Axel pusieron los ojos en blanco y yo disimulé una sonrisa porque, por una vez, tenía razón.

—Como bien ha indicado, en unos días es la semana de la moda Otoño-Invierno —dijo Jorge con determinación—. Las diez agresiones tuvieron lugar en una Fashion Week, cuatro de ellas el septiembre pasado y otras seis en febrero. No estoy dispuesto a que la semana que viene aparezcan otras tantas chicas en situación similar. Tengo que alertarlo.

—Inspector —interrumpió César. Jorge le miró cauteloso, pero sin que me pasara desapercibido que le estaba analizando concienzudamente ahora que tenía oportunidad—. Entiendo la gravedad del asunto, en serio, pero si el violador es una persona del entorno de las chicas, ¿no cree que armando este revuelo entre ellas desaparecerá sin dejar rastro? Si le ahuyenta, disminuirán las posibilidades de atraparle. Sin embargo, si está confiado, la semana que viene podríamos pillarle cometiendo un error en su modus operandi si esto se mantiene en secreto. Ahora mismo cuenta con nuestra completa colaboración. Por favor, díganos cómo podemos ayudarle.

Hubo un silencio conciliador ante su brillantez por parte de todos. Leo y Axel se calmaron al ver que César tomaba cartas en el asunto, porque bien podría no haber dicho una palabra y no implicarse como en muchas otras ocasiones. En cuanto a Jorge, yo sabía que se había ablandado un poco, ya que su postura quedó clara al no replicar enseguida con una negativa.

—Estudiaré las pistas y decidiré —carraspeó—. Necesito toda la información que puedan darme de las dos últimas Fashion Weeks. Cualquier persona que estuviera en contacto con las chicas: montadores de material, electricistas, invitados a las fiestas, los del catering, amigos, los quiero a todos.

—Hecho —respondió César rápidamente—. Los números y el papeleo de la empresa son cosa mía. ¿Cómo te lo hago llegar? —preguntó observándole intensamente. Sus ojos se desviaron hasta un piercing que Jorge tenía en la ceja e hizo un gesto inapreciable que me resultó sorprendentemente tierno.

—Esta es mi tarjeta —dijo sacando un taco del bolsillo—. Llamadme a cualquier hora del día o de la noche, vamos a contra reloj.

Genial, intercambio de datos personales realizado. Esa noche en casa alguien iba a ser aniquilado. Cuando me llegó el turno, cogí su tarjeta con más agresividad de la necesaria, dándole a entender la que le esperaba. No pareció muy afectado, lo cual me pareció extraño, porque solía temer mis ataques de ira.

Cuando llegué al piso sobre las ocho de la tarde, di un portazo acusador. Jorge se acercó a mí mostrando las manos en todo momento, como quien se acerca a un perro rabioso. Y antes de que pudiera decirle nada, lanzó el filete con una simple frase.

—Investigar a Axel forma parte del caso, y he descubierto que hace quince días hizo efectiva una demanda de divorcio. Es libre, Naia.

Di varios pasos atrás y me apoyé en la puerta. Mi espalda resbaló por ella y me tapé los ojos con las manos. Axel soltero. Todo lo demás acababa de pasar a un tercer plano.

CAPÍTULO 3

LA JOYA DE LA FAMILIA

Algo dentro de mí renació. Ya había asimilado que ese tío me había echado a perder para el resto de los hombres. Tenía claro que ninguno iba a poder igualarle, y de repente, volvía a estar disponible. No es que tuviera la más mínima posibilidad pudiendo elegir a cualquier modelo de la agencia o a la mismísima Zoe, pero la jodida estaba ahí… una microscópica esperanza arraigada en lo más hondo de mi ser.

Para saber lo lejos que quedaba la posibilidad de mi lengua en su boca, tendríamos que remontarnos a mi tierna edad de once años, cuando mis padres decidieron enviarme a un exclusivo internado inglés.

Estaba siendo víctima de la más común maldición de las familias con dinero: “te queremos hija” (pero cuanto más lejos mejor), y “te lo daremos todo cariño” (excepto lo único que deseas, nuestro amor incondicional). Cuando se separaron, decidieron que encerrarme allí sería lo más adecuado para mí, pero lo que en realidad querían decir, es que sería lo más conveniente para ellos.

¿Te gustaría continuar?…

📚Léela aquí en Ebook (solo en San Valentín a 0,99€ – válido para cualquier dispositivo) ☛ goo.gl/9Z00eL

📚Consíguelo aquí en papel (si lo quieres dedicado, contáctame en ladyfucsia2@gmail.com o por redes sociales) ☛ shorturl.at/mnsQ8

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *